Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.501
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Su madre, asombrada de estas rarezas, le parecieron tan extravagantes que sospechó que encerraban algún misterio. Sofía no era cursi ni amiga de fingimientos. ¿Cómo había podido adoptar esa excesiva delicadeza a quien desde su niñez nada le habían inculcado tanto como el deber de habituarse al trato de los hombres, con uno de los cuales tenía que vivir y hacer de la necesidad una virtud? Este modelo del hombre amable que tanto la embelesaba y tanto repetía en sus conversaciones, hizo sospechar a su madre que el mal tenía otro fundamento que ella ignoraba y que Sofía no se lo había dicho todo. La infeliz, abrumada con su secreta pena, sólo procuraba desahogarse. Ante el acoso de su madre, titubeó, y luego salió sin decir una palabra; y volvió en seguida con un libro en la mano. «Compadeced a vuestra desdichada hija; su tristeza es irremediable, y su llanto no puede agotarse. ¿Queréis, madre, saber la causa? Vedla aquí», dijo, y arrojó el libro sobre la mesa. Lo coge su madre y lo abre: Aventuras de Telémaco. De momento no adivina este enigma, pero después de muchas preguntas y ambiguas respuestas, ve con abrumadora sorpresa que su hija es la rival de Eucaris.
Sofía amaba a Telémaco y lo amaba con tal pasión, que nada la pudo curar. Cuando sus padres conocieron su desvarío, se rieron de ella y quisieron vencerlo con razones, pero estaban equivocados, pues la razón no estaba totalmente de su parte. Sofía tenía la suya y sabía defenderla. ¡Cuántas veces los hizo callar valiéndose de sus propios argumentos, haciéndoles ver que ellos eran la causa de su daño por no haberla moldeado para un hombre de su tiempo, siendo necesario que ella adoptase la forma de pensar de su marido o que éste admitiese el suyo, que el primer medio se lo habían imposibilitado por el modo como la habían educado y el otro era precisamente el que ella buscaba! «Dadme un hombre que coincida con mis apreciaciones, o que yo se las pueda contagiar; y me caso al instante, pero ahora, ¿por qué me reñís? Compadecedme, porque soy una desdichada y no una loca. ¿El corazón se halla sometido a la voluntad? ¿No lo ha dicho así mi padre? ¿Es culpa mía si amo lo que no existe? No soy una ilusa, pues no pretendo a un príncipe, ni busco a Telémaco, porque sé muy bien que es una ficción, pero busco a uno que se le parezca.
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