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Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.351

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A fuerza de verse despedida, se incomoda, calla y no nos contesta, y después de haberla menospreciado largo tiempo, cuesta tanto llamarla como costó arrojarla.
»¡Cuántas veces me he fatigado al realizar mis investigaciones con la frialdad que sentía en mí! ¡Cuántas veces se me hicieron insoportables mis primeras meditaciones por la ponzoña que vertían sobre ellas el aburrimiento y el disgusto! Mi árido corazón se entregaba con un tibio y decaído celo al amor de la verdad. Yo preguntaba: ¿Por qué he de poner tanto afán en buscar lo que no existe? El bien moral es una quimera; no hay nada tan bueno como el placer de los sentidos. ¡Oh, qué difícil es recobrar el gusto de los deleites del espíritu una vez se ha perdido, y qué difícil es que lo adquiera quien nunca lo ha tenido! Si existiese un hombre tan miserable que no hubiese hecho nada en toda su vida, cuyo recuerdo le dejase contento de sí mismo y satisfecho de haber vivido, sería incapaz de conocerse nunca, y no habiendo sentido la bondad que conviene a su naturaleza, seguiría siendo malo, y sería infeliz eternamente. ¿Creéis, no obstante, que haya en el mundo un hombre tan depravado que no haya cedido a la tentación de hacer obras buenas? Esta tentación es tan natural y dulce, que no es posible resistirle siempre, y el recuerdo del deleite que ha causado una vez es suficiente para que siempre nos acordemos. Desgraciadamente cuesta mucho satisfacerla; aparecen mil razones para resistirse a la inclinación del corazón; una falsa prudencia le coarta en los bordes del "yo" humano, y se necesitan mil esfuerzos para atreverse a dejarlos atrás. En complacerse en las buenas obras consiste su premio, pero no se alcanza sin haberlo merecido. No hay con­dición más preciosa que la virtud, pero es preciso gozar de ella para verlo así. Cuando queremos abrazarla, de un modo semejante al Proteo de la fábula, al principio se reviste de mil figuras espantosas, y sólo al fin se deja ver en la suya por aquellos que no la dejaron.
»Combatido sin cesar por mis sentimientos naturales, que me hablaban en favor del interés común, y mi razón, que todo lo refería a mí, habría fluctuado toda mi vida en esta continua alternativa, obrando mal, amando el bien, y siempre contrario a mí mismo si otras nuevas luces no hubieran iluminado mi corazón, si la verdad, que fijó mis opiniones, no hubiera también asegurado mi conducta y no me hubiera puesto de acuerdo conmigo.


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