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Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.301

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Página 301 de 600


Este no es el hombre de! hombre, sino el hombre de la naturaleza, y en verdad que debe de ser muy extraño a sus ojos.
Al comienzo de esta obra no suponía nada que no pudiera observar cualquiera lo mismo que yo, ya que hay un punto, que es el nacimiento del hombre, del cual todos salimos igualmente, pero cuanto más avanzamos, yo para cultivar la naturaleza y vosotros para falsearla, más nos desviamos unos de otros. Cuando tenía seis años, mi alumno se diferenciaba muy poco de los vuestros porque aún no habíais tenido tiempo para desfigurarlos; ahora ya no se parecen en nada, y la edad del hombre formado a la cual se va acercando se lo debe mostrar de un modo absolutamente distinto, si no ha perdido mis cuidados. Todo el contenido de cuanto han adquirido puede que con poca diferencia sea igual por una y otra parte, pero las cosas que han adquirido no tienen ninguna semejanza. Os extraña que encontréis en él unos afectos sublimes que no existen en los otros, ni hay el menor germen, pero debéis considerar que éstos son filósofos y teólogos, antes de que Emilio ni siquiera sepa qué es la filosofía ni haya oído todavía nombrar a Dios.
Si se me objetara: «Nada de cuanto suponéis existe; los jóvenes no son así, tienen tal o cual pasión, hacen esto o lo otro», es como si afirmasen que un peral nunca es un árbol alto porque los que vemos en nuestros huertos son todos pequeños.
Ruego a estos jueces tan dispuestos a censurar que tengan en consideración que lo que dicen yo lo sé lo mismo que ellos, y que he meditado más tiempo, y que no he pretendido nunca engañarlos, y tengo derecho a exigir que se tomen más tiempo para averiguar en qué me equivoco, que examinen bien la constitución del hombre, que sigan los primeros desarrollos del corazón en todas las circunstancias, para que observen cuánto puede
Librodo

diferenciarse un individuo de otro únicamente por la fuerza de la educación; que establezcan comparación después con los efectos que le atribuyo, y me digan en qué he discurrido mal, y nada podré replicarles.
Lo que más me conduce a la afirmación, y según creo me disculpa de ello, es que, en vez de dejarme llevar del espíritu de sistema, otorgo lo menos posible al raciocinio y sólo me fío de la observación.


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