Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.251
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Quien se sonroja ya tiene culpa, pues la verdadera inocencia no se avergüenza de nada.
Librodo
Los niños no tienen los mismos deseos que los hombres, pero están expuestos como ellos a la suciedad que repugna a los sentidos; de esta sola sujeción pueden tomar las mismas lecciones de bien parecer. Seguid el espíritu de la naturaleza, que colocando en el mismo lugar los órganos de los secretos deleites y de las asquerosas necesidades, nos inspira las mismas atenciones en edades distintas, aquí por una idea y allá por otra, por la modestia al hombre, por la limpieza al niño.
No veo más que un medio eficaz para que los niños conserven su inocencia, y consiste en que todos los que le rodean le amen y respeten, sin lo cual todo el recato que con ellos se sigue tarde o temprano se desmiente; una sonrisa, una mirada intencionada, un ademán furtivo, les advierten que algo trataban de callarles, y para entenderlo les basta ver que han querido escondérselo. Las cautas expresiones y los rodeos que emplean entre sí los mayores, al suponer que los niños no comprenden lo que dicen, incurren en un reprobable sistema, pero cuando respetamos su ingenuidad usamos el lenguaje que más les instruya. Hay cierto candoroso lenguaje que es el más apropiado para la inocencia y le place, siendo el mejor estilo para desviar al niño de una curiosidad peligrosa. Hablándole de todo con sencillez no cae en la sospecha de que hay misterios de por medio. Uniendo a las palabras indebidas las ideas desagradables que enuncian, empieza a alterarse el primer fuego de la imaginación; no le prohibimos que las pronuncie, pero sin que él se dé cuenta le repugna recordarlas. ¡Y de cuántos embrollos saca esta sencilla libertad a los que entendiéndola en su debido sentido siempre dicen lo que conviene y cómo lo sienten!
¿Cómo se hacen los niños? Ese es un tema delicado que asalta naturalmente a los muchachos, y que una indiscreta o evasiva respuesta alguna vez decide de sus costumbres y su salud para toda su vida. La solución más cómoda que una madre imagina para sortearlo sin engañar a su hijo es hacerle callar. Eso estaría bien si le tuvieran acostumbrado a no contestarle, por lo que no sospecharía que había misterio en el silencio de ahora. Pero raras veces se limita a eso la madre.
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