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Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.151

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La dificultad aumentaba por que yo no quería mandarle nada absolutamente, habiendo desterrado de mis derechos las exhortaciones, las promesas, las amenazas, la emulación y el deseo de lucirse. ¿Cómo había de actuar para inspirar en el niño el deseo de correr sin decirle nada? Correr yo habría sido un medio poco seguro y expuesto a inconvenientes; se trataba también de sacar de este ejercicio algún motivo de instrucción para él, a fin de que las opera­ciones del cuerpo y del juicio siempre estuvieran acordes. Resolví, pues, hacer lo siguiente: Cuando iba con él a paseo por las tardes, algunas veces llevaba en mi bolsillo dos pasteles de una clase que a él le gustaban mucho; nos comíamos cada uno el suyo durante el paseo41, y nos volvíamos muy satisfechos. Un día vio que yo llevaba tres pasteles; el solo habría podido comerse seis sin esfuerzo; se comió en seguida el suyo y me pidió el tercero. «No -le respondí-; yo también me lo comería a gusto, o nos lo partiríamos, pero prefiero que se lo coma el que más corra de aquellos muchachos que están allí.» Les llamé, les enseñé el pastel
41 Paseo por el campo como se verá al instante. Los paseos públicos de las ciudades son perniciosos para los niños de uno y otro sexo. Allí es donde comienzan a tener vanidad y a querer que los miren; al Luxemburgo y a las Tunerías, y sobre todo al Palacio Real, va la brillante juventud de París a adquirir el ademán impertinente y petulante que la hace tan ridícula y que es causa de que la critiquen y detesten en toda Europa.
Librodo

y les di ´e mi condición; no deseaban otra cosa. Puse el paste sobre una roca, conviniendo que era la meta. Indiqué cuál era la carrera, y fuimos a sentarnos; al dar la señal, arrancaron los muchachos; el vencedor cogió el bollo y se lo comió en presencia de los espectadores y del vencido.
Esta diversión valía más que el pastel, pero no prendió al principio ni surtió efecto alguno. No me cansé ni me di prisa, pues la educación de los niños es un oficio en que hay que saber desperdiciar tiempo para ganarlo. Continuamos nuestros paseos; unas veces tomábamos tres pasteles,, otras cuatro, y de cuando en cuando había uno o dos para los corredores. Si no era muy grande el premio, tampoco los contendientes eran ambiciosos; el que lo ganaba era elogiado, felicitado, todo se hacía con entusiasmo.


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