Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.51
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Lejos de tener los niños fuerzas sobrantes, ni siquiera tienen las necesarias para todo lo que les pide la naturaleza; por consiguiente, hay que dejarles el uso de todas cuantas les dé y de las que no pueden abusar. Primera máxima.
Es indispensable prestarles nuestra ayuda y suplir lo que les falta, sea inteligencia, sea fuerza, en todo lo que se refiera a necesidad física. Segunda máxima.
En la ayuda que se les preste, es necesario limitarse únicamente a la utilidad real, sin conceder nada al capricho o al deseo infundado, pues los antojos no los atormentarán cuando no se les hayan dejado adquirir, siempre que no sean de carácter natural. Tercera máxima.
Debemos estudiar con atención su lengua y sus signos, pues como en esta edad no saben disimular, distinguiremos en sus deseos lo que se debe a la naturaleza v lo que se debe a la opinión. Cuarta máxima.
Él espíritu de estas reglas es conceder a los niños más verdadera libertad y menos imperio, permitirles que actúen más por su cuenta y exilan menos de los demás. Acostumbrados desde muy pequeños a regular sus deseos con sus fuerzas, poco sentirán la privación de lo que no está en su mano conseguir.
Otra nueva e importantísima razón es dejar los cuerpos y los miembros de los niños enteramente libres, con la única precaución de preservarlos del riesgo de que se caigan y apartar de su alcance todo lo que pueda herirles.
No hay duda alguna de que una criatura con los brazos y el cuerpo sueltos llorará menos que otra que esté envuelta con pañales. Al no sentir otras necesidades que las de orden físico, sólo llorará cuando sufra, y esto es útil, ya que se sabe de un modo exacto y fijo cuándo tiene necesidad de que se le ayude, y no debe dilatarse un instante el hacerlo, si es posible.
Pero si no podéis aliviarle, estaos quietos, sin mimarle para que calle, puesto que vuestros cariños tampoco le pueden remediar el dolor que sufre, pero él se acordará de lo que debe
Librodo
hacer para que le acaricien, y si logra una sola vez someteros a su voluntad, ya es vuestro dueño y todo se ha perdido.
Menos contrariados en sus movimientos, también llorarán menos los niños; menos importunados con sus llantos nos afanaremos menos en hacer que callen; con menos frecuencia amenazados o mimados, no serán tan medrosos ni tan tercos y permanecerán más a gusto en su estado natural.
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