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Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.50

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¿Cómo una misma impotencia unida a las mismas pasiones produce efectos tan diferentes en las dos edades, si la causa primitiva no ha cambiado? ¿Y dónde podemos buscar esta
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diversidad de causas, si no está en la edad física de los dos individuos? El principio activo común a ambos se desenvuelve en el uno y se extingue en el otro; el uno se forma y el otro se destruye; el uno tiende a la vida y el otro a la muerte.
La actividad falleciente se concentra en el corazón del anciano; en el del niño es superabundante y se extiende al exterior; se siente, por así decirlo, sobrado de vida para animar todo cuanto tiene a su alrededor. Que haga o deshaga, no tiene importancia; es suficiente que cambie el estado de las cosas, ya que todo cambio es una acción. Si parece que tiene más inclinación a destruir, no es por malicia, sino debido a que la acción es siempre lenta, y que aquello que destruye, siendo más rápido, se aviene mejor a su vivacidad.
Al mismo tiempo que el Autor de la naturaleza da a los niños este principio activo, cuida de que sea poco perjudicial, dejándoles poca fuerza para que se abandonen. Pero en cuanto pueden mirar a las personas que tienen cerca como instrumentos a quienes poner en acción, se sirven de ellas para seguir sus inclinaciones y suplir su propia flaqueza. De este modo se vuelven incómodos, tiranos e imperiosos, perversos e indómitos; progresos que no proceden de un natural espíritu de dominación, sino que se les infunden, pues poca experiencia hace falta para conocer cuán agradable es obrar por impulso de otro.
Con la edad se adquieren fuerzas, y se hace uno menos inquieto, menos impulsivo, y se ponen, por decirlo así, en equilibrio el cuerpo y el alma, y la naturaleza sólo nos pide el movimiento necesario para nuestra conservación. Pero no se extingue el deseo de mandar con la necesidad que le dio origen; el amor propio le excita, y le halaga el imperio que el hábito fortalece; de este modo, el capricho sucede a la necesidad, y empiezan a echar raíces los prejuicios de la opinión.
Una vez conocido el principio, vemos con claridad el punto en que se abandona la senda de la naturaleza; sepamos lo que se debe hacer para no salir de ella.


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