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Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.49

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Así, cuando un niño desea alguna cosa que ve y que uno quiere dársela, es mejor llevar el niño al objeto que traer el objeto al niño; saca de esta práctica una conclusión propia de su edad, y no hay otro medio de sugerírsela. El abate de Saint-Pierre llamaba niños grandes a los hombres, y recíprocamente podríamos llamar a los niños hombres chicos.
Estas proposiciones tienen su verdad como sentencias; como principios, ellas tienen necesidad de esclarecimiento. Pero cuando Hobbes llamaba al niño malo un niño robusto, expresaba una cosa absolutamente contradictoria. Toda perversidad procede de debilidad; el niño, si es malo, es porque es débil; por lo tanto, si se le da fuerza será bueno; el que lo pudiese todo nunca haría nada mal. Entre todos los atributos de la Divinidad Omnipotente, aquél sin el cual no podemos concebirla es el de la bondad. Todos los pueblos que han admitido dos principios, siempre han considerado el malo inferior al bueno; de otra forma habrían hecho una suposición absurda. Ved más adelante la Profesión de fe del Vicario saboyano.
La razón por sí sola nos enseña a conocer el bien y el mal. La conciencia que nos hace amar a uno y aborrecer a otro, aunque independiente de la razón, no se puede desenvolver sin ella. Antes de la edad en que se posee el uso de razón, obramos bien o mal ignorando si lo que hacemos es una cosa buena o mala; por consiguiente, no hay moralidad en nuestras acciones, aunque algunas veces la haya en la impresión que en nosotros hacen las acciones de otros relativas a nosotros. Un niño quiere descomponer todo lo que ve; rompe lo que puede coger; lo mismo agarra a un pájaro que una piedra, sin saber lo que hace.
¿Por qué esto? Al instante la filosofía nos dicta la razón; son los vicios naturales: el orgullo, el espíritu de dominación, el amor propio la perversidad del hombre; el sentimiento de su debilidad podrá incitar al niño a la ejecución de actos de fuerza, y de probar en sí mismo su propio poder. Mas contemplad ese viejo deforme y achacoso, conducido por el curso de la vida humana a la debilidad de su infancia: no solamente queda inmóvil y pasible, sino que también quiere que nada cambie a su alrededor; la menor mudanza le turba y desasosiega y son sus deseos los de una calma universal.


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