Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.48
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Esta disposición de los niños a enfadarse, al despecho, a la cólera, exige una gran atención. Boerhaave piensa que sus enfermedades son la mayor parte de la clase de las convulsivas, porque en el niño, siendo proporcionalmente más grande y más extenso que en los adultos su sistema nervioso, éste es más propenso a la irritación. Apartad de ellos con el mayor cuidado los domésticos que les provocan, les irritan y les impacientan; les son cien veces más peligrosos y funestos que las molestias del aire y de las estaciones. Mientras que los niños no hallen resistencia más que en las cosas y jamás en las voluntades, ellos no serán iracundos ni
Librodo
coléricos y conservarán mejor la salud. Esta es una de las razones por la cual los niños de pueblo, más libres e independientes, están generalmente menos enfermos, son menos delicados, más robustos que los que pretenden educar mejor sujetándoles sin cesar; pero siempre hemos de pensar que existe mucha diferencia entre obedecerlos y el de quitarles sus gustos.
Los primeros llantos de los niños son ruegos; si no se les hace caso, se convierten pronto en órdenes; comienzan por hacerse asistir y terminan haciendo que los sirvan. Así, de su propia debilidad, de donde viene el sentimiento de su dependencia, nace en su origen la idea de imperio y dominio; mas esta idea, estando menos excitada por sus deseos que por nuestros servicios, comienza por hacer notar los efectos morales donde la causa inmediata no está en la naturaleza, y se ve ya el porqué desde esta primera edad, e importa aclarar la intención secreta que dicta el gesto o el grito.
Cuando el niño tiende la mano con esfuerzo sin decir nada, cree que alcanzará el objeto debido a que él aún no distingue las distancias; está en un error, pero cuando se queja y grita al alargar la mano, entonces no se engaña más sobre la distancia, y manda al objeto que se acerque a él, o a nosotros que se lo llevemos. En el primer caso, llevadle hacia al objeto lentamente y mediante pequeños pasos; en el segundo, no se le deben dar siquiera muestras de haberle entendido. Cuanto más grite, menos debe escuchársele. Importa acostumbrarle a su debido tiempo a no mandar a los hombres, ya que él no es su amo, ni a las cosas, pues tampoco le oyen.
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