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Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.45

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He recalcado que los niños raramente tienen miedo a los truenos, a no ser que sean realmente capaces de espanto e incomoden al órgano del oído; en otro caso no temen hasta que saben que el rayo algunas veces hiere o mata. Cuando sea la razón la causa de que se asusten, procurad que el hábito les aumente el ánimo. Mediante una lenta y bien graduada superación, el hombre y el niño acaban riendo intrépidos en todo.
En los inicios de la vida, cuando la imaginación y la memoria aún son inactivas, el niño sólo está atento a cuanto afecta a sus sentidos; las sensaciones, siendo los primeros materiales de sus conocimientos, se le deben ofrecer de un modo conveniente, o sea preparar su memoria para que un día las ofrezca en el mismo orden a su entendimiento, pero como sólo atiende a sus sensaciones, es suficiente mostrarle primeramente con distinción la conexión de estas mismas sensaciones con los objetos que las causan. El quiere tocarlo todo y manejarlo; no nos opongamos a esta inquietud, ya que ello le sugiere un aprendizaje muy necesario. Es de este modo como aprende a sentir el calor, el frío, la dureza, la blandura, el peso y la ligereza de los cuerpos; a juzgar de su tamaño, de su figura, y todas sus cualidades sensibles, mirando, palpando15, escuchando, y sobre todo comparando la vista con el tacto, y apreciando con los ojos la sensación que causan sobre sus dedos.
Por el movimiento es como sabemos únicamente que hay cosas que no son extrañas, y sólo por nuestro propio movimiento adquirimos la idea de la extensión. Debido a que el niño no posee esta idea, tiende la mano, de un modo indistinto, para coger el objeto que tiene cerca como el que está a cien pasos. Este esfuerzo que hace os parece una señal de imperio, una orden que él da de que se aproxime el objeto, o a vosotros la de que se lo acerquéis, y, después de todo, esto es solamente que los mismos objetos que él veía al principio en su cerebro, y luego pegados a sus ojos, los ve ahora en el extremo de su brazo, y no se figura otra extensión que hasta donde puede alcanzar. Tiene, pues, necesidad del paseo frecuente, de que se le transporte de un lugar a otro, de hacerle sentir el cambio de lugar a fin de hacerle aprender a medir las distancias.


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