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Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.44

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Los niños educados en casas limpias, donde no se consienten telarañas, tienen miedo a las arañas, y con frecuencia lo conservan cuando ya son mayores. Jamás he observado que ningún aldeano, sea hombre, mujer o niño, tenga miedo a las arañas.
¿Por que, pues, la educación de un niño no comienza antes de que hable y de que entienda, ya que la sola elección de los objetos que se le presentan es capaz de convertirle en un tímido
o valiente? Quiero que se habitúe a ver objetos nuevos, animales feos, repugnantes y extraños, pero paulatinamente y a alguna distancia, hasta que se acostumbre a ellos, y al ver que otros los tocan; también él los toca. Si en su infancia ha visto sin asustarse sapos, culebras y cangrejos, verá sin espantarse, cuando sea mayor, cualquier otro animal, ya que no hay seres que causen horror al que los ve todos los días.
Los niños tienen miedo de las máscaras. Yo comienzo por mostrar a Emilio una máscara de una figura agradable; luego se la pongo delante de la cara- me echo a reír, todo el mundo se ríe, y el niño se ríe lo mismo que los demás. Despacio le acostumbro con caretas más feas, y por último con figuras horribles. Si he seguido bien la graduación, lejos de que le asuste la última, se reirá como con la primera; por consiguiente no temo que le intimiden las máscaras.
Cuando en la despedida de Andrómaca y Héctor el pequeño Astinacte, asustado del penacho que flota sobre el yelmo de su padre, no le conoce y se arroja al cuello de su nodriza dando gritos, y arranca a su madre una sonrisa mezclada de lágrimas, ¿qué debe hacerse para quitarle el miedo? Precisamente lo que ha hecho Héctor, poner el yelmo en el suelo y acariciar al niño. En un momento más tranquilo no hubiera quedado satisfecho con esto; le habría acercado el yelmo, jugando con las plumas para hacérselas tocar al niño; por último la
Librodo

nodriza habría cogido el yelmo y riéndose se lo hubiera colocado en la cabeza, si entonces la mano de una mujer hubiera osado tocar las armas de Héctor.
¿Se trata de acostumbrar a Emilio al ruido de un arma de fuego? Empiezo por quemar pólvora en la cazoleta de una pistola, y la llamarada instantánea y brillante divierte al niño con esta especie de relámpago; repito la misma operación con más cantidad de pólvora; cargo la pistola con poca pólvora, poco a poco y sin taco; luego aumento la carga, y por fin se acostumbra al ruido de los disparos, de los cohetes, y a las más fuertes detonaciones.


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