Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.22
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El destino del hombre es el de sufrir siempre. El cuidado mismo de su conservación va unido al sufrimiento. Feliz es el que en su infancia no conoce otros males que los físicos; males mucho menos crueles, menos dolorosos que los otros, y que con mucha menos frecuencia nos obligan a renunciar a la vida. Nadie se mata por los dolores de gota; solamente los del ánimo nos producen la desesperación. Sentimos compasión por la suerte de la infancia, cuando tendríamos que llorar por la nuestra. Nuestros males más graves nos vienen de nosotros mismos.
Grita un niño al nacer y pasa su primera infancia llorando. Tan pronto se le mueve o halaga para acallarle como se le amenaza o castiga para imponerle silencio. O hacemos lo que le place o exigimos de él lo que queremos; o nos sujetamos a sus antojos o lo sujetamos a los nuestros; o ha de dictar leyes o ha de obedecerlas. De esta forma son sus primeras ideas las del dominio y las de servidumbre. Ya manda antes de saber hablar, y obedece antes de poder obrar; se le castiga sin que pueda conocer sus yerros, o antes de que sea capaz de cometerlos. De esta manera, es como se infiltran en su joven corazón y con rapidez las pasiones que se achacan a la naturaleza, y, después de haberle criado malo, se lamentan de su mala crianza.
Así, un niño que ha estado seis o siete años en manos de mujeres, mártir de los caprichos de ellas y de los suyos, luego que le han obligado a aprender esto y lo otro, después de haber recargado su memoria con palabras que no puede comprender, o con cosas que no le sirven para nada; luego de haber ahogado su índole natural con las pasiones que han sido sembradas en él, ponen en manos de un preceptor a este ser ficticio que acaba de desarrollar los gérmenes artificiales que ya están desarrollados, y le instruye en todo, menos en conocerse, menos en dar frutos propios y en saber vivir v labrar su felicidad. Por último, este niño esclavo y tirano a la vez, lleno de ciencia y carente de razón, flaco de cuerpo y de espíritu por igual, es puesto en contacto con el mundo, descubriendo su ineptitud, su soberbia y todos sus vicios, lo que hace que se compadezca la miseria y la perversidad humana.
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