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Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.20

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Se encuentran, por consiguiente, todavía algunas mujeres jóvenes de buena índole que, desafiando la tiranía de la moda con bravura, desempeñan con una virtuosa intrepidez este deber tan dulce que su naturaleza les impone. Puede aumentar su número por la atracción de los bienes destinados a las que lo cumplen.
Fundándome en las consecuencias que ofrece el más simple razonamiento, y sobre las observaciones que jamás he visto desmentidas, me atrevo a prometer a esas dignas madres un apego sólido y constante por parte de sus maridos, una verdadera ternura filial en sus hijos, la estima y el respeto público, felices partos sin accidentes y sin consecuencias, una salud fuerte y vigorosa, y, por último, el placer de verse un día imitadas por sus hijas y citadas como ejemplo.
El sitio de la madre es el lugar del niño. Entre ellos los deberes son recíprocos, y si son mal desempeñados de un lado, serán descuidados del otro. El niño debe amar a su madre antes de que sepa que es su obligación amarla. Si la voz de la sangre no está fortificada por el hábito y los cuidados, se extingue en los primeros años y el corazón muere antes de nacer, por así decirlo. He ahí cómo desde los primeros pasos nos apartamos de la naturaleza.
Uno se sale todavía por una ruta opuesta cuando las madres, en vez de desatender los cuidados maternales, los toman con exceso, cuando hace de su niño su ídolo, que ella aumenta y nutre su debilidad para impedir que la sienta, con la esperanza de sustraerle de las leyes de la naturaleza aparta todo choque penoso, sin pesar cuánto, por cualquiera de las incomodidades que ella le ha preservado un momento, acumula para el futuro accidentes y peligros sobre su cabeza, y cuán bárbara es esta preocupación de prolongar la flaqueza de la infancia bajo las fatigas de los hombres formados. Thetis, para hacer a su hijo invulnerable, dice la fábula, «le sumió en las aguas de la laguna Estigia». Esta alegoría es bella y clara. Las crueles madres de que yo hablo hacen lo contrario: a fuerza de sumergir a sus niños en la blandura, los preparan para el sufrimiento; abren los poros a toda especie de males, que seguirán sufriendo cuando sean adultos.
Observad la naturaleza y seguid el camino trazado por ella. La naturaleza ejercita continuamente a los niños; endurece su temperamento con todo género de pruebas y les enseña muy pronto qué es pena y qué dolor.


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