Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.10
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idea de felicidad o de perfección que nos ofrece la razón. Estas disposiciones crecen y se fortalecen a medida que son más sensibles y más claras, pero, presionadas por nuestros hábitos, las alteran nuestras opiniones. Antes de esta mutación, son las que yo doy el nombre de naturaleza.
Por tanto lo deberíamos todo a estas disposiciones primitivas, y así podría ser si nuestras tres educaciones fueran distintas, pero, ¿qué hemos de hacer cuando son opuestas y en vez de educar a uno para sí propio le quieren educar para los demás? La armonía, entonces, resulta imposible, v forzados a oponernos a la naturaleza o a las instituciones sociales, es forzoso elegir entre formar a un hombre o a un ciudadano, no pudiendo hacer al uno y al otro a la vez.
Toda sociedad parcial, cuando es íntima y bien unida, se aparta de lo grande. Todo patriota es duro con los extranjeros; ellos no son más que hombres, y no valen nada a su modo de ver4.
Este inconveniente es inevitable, pero tiene poca importancia. Lo esencial está en ser bueno con las gentes con quienes se vive.
Los espartanos eran ambiciosos. avaros e inicuos, pero el desinterés, la equidad y la concordia reinaban dentro de sus muros. Desconfiad de los cosmopolitas que van lejos a buscar en sus libros obligaciones que no se dignan cumplir en torno de ellos. Esa filosofía la practican los tártaros, sin importarles el bien de sus vecinos.
El hombre de la naturaleza lo es todo para sí; él es la unidad numérica, el entero absoluto, que no tiene más relación que consigo mismo o con su semejante. El hombre civilizado es una unidad fraccionaria que determina el denominador y cuyo valor expresa su relación con el entero, que es el cuerpo social.
Las buenas instituciones sociales son aquellas que poseen el medio de desnaturalizar al hombre, quitarle su existencia absoluta para reemplazarla por otra relativa, y transportar el yo dentro de la unidad común; de tal manera que cada particular no se crea un entero, sino parte de la unidad, y sea sensible solamente en el todo. Un ciudadano de Roma no era ni Cayo ni Lucio; era un romano que amaba exclusivamente a su patria por ser la suya. Por cartaginés se reputaba Régulo, como un bien que era de sus amos, y en calidad de extranjero se resistía a tomar asiento en el senado romano; fue preciso que se lo ordenara un cartaginés.
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