Emilio o la educación (Jean Jacques Rousseau) - pág.8
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Las disposiciones legales no ofrecen la suficiente autoridad a las madres, aunque se ocupan de los niños más que los padres; sus obligaciones son más constantes, tienen mayor importancia sus afanes para el buen orden de las familias, y generalmente tienen más cariño hacia sus hijos, lo cual se debe a que siempre se ocupan mas de lo trivial que de las personas, y su finalidad no es otra que lograr la paz en lugar de la virtud. Existe algún caso en que el faltar un hijo a su padre puede tener algún atenuante, pero si hubiera un hijo tan indigno que faltase a su madre, que lo llevó en su seno, le crió, que durante muchos años se ha olvidado de sí misma para dedicarse de lleno a su hijo, ese desventurado sería merecedor de un castigo que le quitase para siempre la luz del día. Comentáis que las madres miman en exceso a sus hijos, en lo que hacen mal, pero les perjudicáis mucho más vosotros, que sois los autores de su depravación. Una madre aspira a que su hijo sea un ser feliz desde el momento en que viene al mundo. Y es justo, pero conviene que sufra los efectos del desengasto cuando se ha valido de medios equivocados. La avaricia, la ambición, la tiranía y la falsa previsión de los padres son mil veces más perjudiciales a los hijos que el ciego cariño de las madres. Por lo demás, es indispensable dar una explicación al sentido que doy al nombre de madre, lo que haré más adelante.
Librodo
La educación nos viene de la naturaleza, de los hombres o de las cosas. El desenvolvimiento interno de nuestras facultades y de nuestros órganos es la educación de la naturaleza; el uso que aprendemos a hacer de este desenvolvimiento
o desarrollo por medio de sus enseñanzas, es la educación humana, y la adquirida por nuestra propia experiencia sobre los objetos que nos afectan, es la educación de las cosas.
Cada uno de nosotros está formado por tres clases de maestros. El discípulo que en su interior tome las lecciones de los tres de forma contradictoria, se educa mal y nunca está de acuerdo consigo mismo; sólo cuando coinciden y tienden a los mismos fines logra su meta y vive consecuentemente. Sólo éste estará bien educado.
Según esto, de las tres diferentes educaciones, la de la naturaleza no depende de ningún modo de nosotros; la de las cosas está en parte en nuestra mano, y sólo en la de los hombres es donde somos los verdaderos maestros, aunque únicamente por suposición, porque, ¿quién puede esperar que ha de dirigir por completo los razonamientos y las acciones de todos cuantos a un niño se acerquen?
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