Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (Jean Jacques Rousseau) - pág.132
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qué inconcebible aberración del entendimiento rehúsan constantemente
civilizarse a nuestra semejanza o aprender a vivir felices entre nosotros?
Se lee en cambio en mil sitios que muchos franceses y otros europeos se
han refugiado voluntariamente en esos pueblos y han pasado su vida entera
sin poder abandonar esa extraña manera de vivir, y se ve a sensatos
misioneros recordar enternecidos los días tranquilos e inocentes pasados
entre esos pueblos tan despreciados. Si se responde que carecen de luces
suficientes para juzgar sanamente su estado y el nuestro, replicaré que la
apreciación de la felicidad es más bien asunto del sentimiento que de la
razón. Por otra parte, esa objeción se vuelve contra nosotros con mayor
fuerza, pues hay más distancia de nuestras ideas al estado de espíritu en
que sería necesario hallarse para concebir el gusto que encuentran los
salvajes en su modo de vivir, que entre las ideas de los salvajes y las
que pueden hacerle comprender nuestra existencia. En efecto: después de
algunas observaciones pueden ver fácilmente que nuestros esfuerzos se
encaminan a dos únicos objetos; a saber, para sí, las comodidades de la
vida, y la consideración de los demás. Pero ¿de qué manera podemos
nosotros imaginar la especie de placer que experimenta un salvaje pasando
una vida solo, en medio de los bosques, o pescando, o soplando en una mala
flauta sin saber sacar nunca ni un solo tono y sin preocuparse de
aprenderlo?
Varias veces se han llevado salvajes a París, a Londres y otras
ciudades; se ha corrido a deslumbrarlos con nuestro lujo, nuestras
riquezas y nuestras artes más útiles y curiosas; todo esto no ha excitado
nunca en ellos sino una admiración estúpida, sin el menor movimiento de
deseo. Recuerdo, entre otras, la historia de un jefe de algunos americanos
septentrionales que fue conducido a la corte de Inglaterra hace una
treintena de años. Se le presentaron mil cosas para hacerle un presente
que pudiera agradarle, sin hallar nada que pareciera interesarle.
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