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Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (Jean Jacques Rousseau) - pág.110

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al cabo las más descuidadas. Por donde se ve lo que debe pensarse de las
verdaderas ventajas de la industria y del efecto real que resulta de sus
progresos.
Tales son las causas sensibles de todas las miserias a que son
lanzadas en fin por la opulencia las naciones más admiradas. A medida que
la industria y las artes se desarrollan y florecen, el campesino,
despreciado, cargado de impuestos necesarios para el mantenimiento del
lujo y condenado a pasar su existencia entre el trabajo y el hambre,
abandona sus tierras para buscar en las ciudades el pan que debía llevar a
ellas. Cuanto más las capitales deslumbran de admiración los ojos
estúpidos del pueblo, más habrá que gemir viendo los campos abandonados,
las tierras sin cultivar, los grandes caminos inundados de desgraciados
ciudadanos convertidos en mendigos o salteadores y destinados a acabar un
día su miseria en un estercolero o en el suplicio. Así es como el Estado,
enriqueciéndose por un lado, se debilita y despuebla por otro, y las más
poderosas monarquías, después de grandes esfuerzos para hacerse opulentas
y al mismo tiempo desiertas, terminan por ser la presa de las naciones
pobres, que sucumben a la funesta tentación de invadirlas, y que se
enriquecen y debilitan a su vez, hasta que ellas mismas sean invadidas y
destruidas por otras.
Explíquesenos de una vez qué es lo que ha podido producir esas nubes
de bárbaros que durante tantos siglos han inundado a Europa, Asia y
África. ¿Eran la industria de sus artes, la sabiduría de sus leyes, la
excelencia de su vida social las causas de su prodigiosa población? Que
nuestros sabios tengan la bondad de decirnos por qué, lejos de
multiplicarse hasta ese punto, esos hombres feroces y brutales, sin luces,
sin freno, sin educación, no se exterminaban mutuamente a cada instante
disputándose el alimento o la caza; que nos expliquen cómo esos miserables
han tenido el atrevimiento de mirar frente a frente a unas gentes tan


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