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Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (Jean Jacques Rousseau) - pág.99

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000 ilotas y
rodeado de otros pueblos fuertes y agresivos, los ciudadanos de esparta
querían que sus hijos fueran como ellos aguerridos y valerosos. Cuando
nacía un niño, los ancianos le examinaban inmediatamente, y si le hallaban
débil o mal constituido, se le conducía al monte Taigeto, donde era
abandonado.




11.Todos los conocimientos que exigen reflexión, todos aquellos que
no se consiguen sino por el encadenamiento de las ideas y sólo se
perfeccionan sucesivamente, parecen hallarse fuera del alcance del hombre
salvaje, que carece de comunicación con sus semejantes, es decir, del
instrumento que sirve para esta comunicación y de las necesidades que la
hacen necesaria. Su saber y su industria se reducen a saltar, correr,
batirse, lanzar piedras, trepar por los árboles. Pero si sólo sabe estas
cosas, las conoce en cambio mucho mejor que nosotros, que no tenemos de
ellas la misma necesidad, y como dependen únicamente del ejercicio del
cuerpo y no son susceptibles de ninguna comunicación ni progreso de un
individuo a otro, el primer hombre ha podido ser tan hábil como sus
últimos descendientes.
Los relatos de los viajeros están llenos de ejemplos de la fuerza y
vigor de los hombres en las naciones bárbaras y salvajes. En ellos no se
alaba menos su agilidad que su ligereza, y como para observar esas cosas
sólo se necesitan ojos, nada impide que se dé fe a lo que certifican esos
testigos oculares. Al azar saco algunos ejemplos de los primeros libros
que tengo a mano:
«Los hotentotes -dice Kolben- entienden la pesca mejor que los
europeos del Cabo. Su habilidad es la misma con la red, el anzuelo o el
arpón, igual en las bahías que en los ríos. No menos hábilmente cogen los
peces con la mano. En la natación poseen una destreza incomparable. Su
manera de nadar tiene algo de sorprendente y exclusivo. Nadan con el
cuerpo derecho y las manos fuera del agua, de modo que parecen caminar por


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