Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (Jean Jacques Rousseau) - pág.90
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no aparece a los ojos del sabio más que como un amontonamiento de hombres
artificiales y pasiones ficticias, que son producto de todas esas nuevas
relaciones y que carecen de un verdadero fundamento en la naturaleza.
Lo que la reflexión nos enseña sobre todo eso, la observación lo
confirma plenamente: el hombre salvaje y el hombre civilizado difieren de
tal modo por el corazón y por las inclinaciones, que aquello que
constituye la felicidad suprema de uno reduciría al otro a la
desesperación. El primero sólo disfruta del reposo y de la libertad, sólo
pretende vivir y permanecer ocioso, y la ataraxia misma del estoico no se
aproxima a su profunda indiferencia por todo lo demás. El ciudadano, por
el contrario, siempre activo, suda, se agita, se atormenta incesantemente
buscando ocupaciones todavía más laboriosas; trabaja hasta la muerte, y
aun corre a ella para poder vivir, o renuncia a la vida para adquirir la
inmortalidad; adula a los poderosos, a quienes odia, y a los ricos, a
quienes desprecia, y nada excusa para conseguir el honor de servirlos;
alábase altivamente de su protección y se envanece de su bajeza; y,
orgulloso de su esclavitud, habla con desprecio de aquellos que no tienen
el honor de compartirla. ¡Qué espectáculo para un caribe los trabajos
penosos y envidiados de un ministro europeo! ¡Cuántas crueles muertes
preferiría este indolente salvaje al horror de semejante vida, que
frecuentemente ni siquiera el placer de obrar bien dulcifica! Mas para que
comprendiese el objeto de tantos cuidados sería necesario que estas
palabras de poderío y reputación tuvieran en su espíritu cierto sentido;
que supiera que hay una especie de hombres que tienen en mucha estima las
miradas del resto del mundo, que saben ser felices y estar contentos de sí
mismos guiándose más por la opinión ajena que por la suya propia. Tal es,
en efecto, la verdadera causa de todas esas diferencias; el salvaje vive
en sí mismo; el hombre sociable, siempre fuera de sí, sólo sabe vivir
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