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Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (Jean Jacques Rousseau) - pág.79

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siempre como una divinidad tutelar de su Estado. ¡Cuánto más legítimo es
decir con el sabio Platón que la perfecta felicidad de un reino consiste
en que el príncipe sea obedecido de sus súbditos, que él obedezca a la ley
y que la ley sea recta y encaminada siempre al bien público!» (34). No me
detendré a averiguar si, siendo la libertad la más noble de las facultades
del hombre, no es degradar su naturaleza ponerse al nivel de las bestias,
esclavas de su instinto, y aun ofender al mismo Autor de sus días, el
renunciar sin reserva al más precioso de todos sus dones, el someterse a
cometer todos los crímenes que El nos prohíbe, por complacer a un amo
feroz e insensato, y si aquel Obrero sublime debe sentirse más irritado al
ver destruir o al ver deshonrar su obra más hermosa. No apelaré, si se
quiere, a la autoridad de Barbeyrac, que declara netamente, según Locke,
que nadie puede vender su libertad hasta someterse a un poder arbitrario
que lo trata a su capricho, porque -añade- sería vender su propia vida, de
la cual uno no es dueño. Preguntaré solamente con qué derecho aquellos que
no temen envilecerse a sí mismos hasta ese punto han sometido su
posteridad a la misma ignominia y han renunciado por ella a unos bienes
que ésta no debe a su liberalidad y sin los cuales la vida misma es una
carga para todos aquellos que son dignos de ella.
Puffendorff (35) dice que, del mismo modo que una persona transfiere a
otra sus bienes por medio de convenciones y contratos, de igual manera
puede despojarse de su libertad en favor de alguno. Me parece un malísimo
razonamiento, porque, en primer lugar, los bienes que yo enajeno se
convierten para mí en cosa completamente extraña, cuyo abuso me es
indiferente; pero me importa mucho que no se abuse de mi libertad, y yo no
puedo, sin hacerme culpable del daño que se me obligará a hacer, exponerme


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