Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (Jean Jacques Rousseau) - pág.64
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Porque,
según el axioma del sabio Locke, no puede existir agravio donde no hay
propiedad.
Pero es preciso señalar que la sociedad empezada y las relaciones ya
establecidas entre los hombres exigían de éstos cualidades diferentes de
las que poseían por su constitución primitiva; que, empezando a
introducirse la moralidad en las acciones humanas y siendo cada uno, antes
de las leyes, único juez y vengador de las ofensas recibidas, la bondad
que convenía al puro estado de naturaleza no era la que convenía a la
sociedad naciente; que era necesario que los castigos fueran más severos a
medida que las ocasiones de ofender eran más frecuentes; que el terror de
las venganzas tenía que ocupar el lugar del freno de las leyes. Así,
aunque los hombres fuesen ya menos sufridos y la piedad natural ya hubiera
experimentado alguna alteración, este período del desenvolvimiento de las
facultades humanas, ocupando un justo medio entre la indolencia del estado
primitivo y la petulante actividad de nuestro amor propio, debió de ser la
época más feliz y duradera. Cuanto más se reflexiona, mejor se comprende
que este estado era el menos sujeto a las revoluciones, el mejor para el
hombre (29), del cual no ha debido salir sino por algún funesto azar, que,
por el bien común, hubiera debido no acontecer nunca. El ejemplo de los
salvajes, hallados casi todos en ese estado, parece confirmar que el
género humano estaba hecho para permanecer siempre en él; que ese estado
es la verdadera juventud del mundo, y que todos los progresos ulteriores
han sido, en apariencia, otros tantos pasos hacia la perfección del
individuo; en realidad, hacia la decrepitud de la especie.
Mientras los hombres se contentaron con sus rústicas cabañas;
mientras se limitaron a coser sus vestidos de pieles con espinas vegetales
o de pescado, a adornarse con plumas y conchas, a pintarse el cuerpo de
distintos colores, a perfeccionar y embellecer sus arcos y sus flechas, a
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