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Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (Jean Jacques Rousseau) - pág.63

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Aquel que mejor cantaba o
bailaba, o el más hermoso, el más fuerte, el más diestro o el más
elocuente, fue el más considerado; y éste fue el primer paso hacia la
desigualdad y hacia el vicio al mismo tiempo. De estas primeras
preferencias nacieron, por una parte, la vanidad y el desprecio; por otro,
la vergüenza y la envidia, y la fermentación causada por esta nueva
levadura produjo al fin compuestos fatales para la felicidad y la
inocencia.
Tan pronto como los hombres empezaron a apreciarse mutuamente y se
formó en su espíritu la idea de la consideración, todos pretendieron tener
el mismo derecho, y no fue posible que faltase para nadie. De aquí
nacieron los primeros deberes de la cortesía, aun entre los salvajes; y de
aquí que toda injusticia voluntaria fuera considerada como un ultraje,
porque con el daño que ocasionaba la injuria, el ofendido veía el
desprecio de su persona, con frecuencia más insoportable que el daño
mismo. De este modo, como cada cual castigaba el desprecio que se lo había
inferido de modo proporcionado a la estima que tenía de sí mismo, las
venganzas fueron terribles, y los hombres, sanguinarios y crueles. He ahí
precisamente el grado a que había llegado la mayoría de los pueblos
salvajes que nos son conocidos. Mas, por no haber distinguido
suficientemente las ideas y observado cuán lejos se hallaban ya esos
pueblos del estado natural, algunos se han precipitado a sacar la
conclusión de que el hombre es naturalmente cruel y que es necesaria la
autoridad para dulcificarlo, siendo así que nada hay tan dulce como él en
su estado primitivo, cuando, colocado por la naturaleza a igual distancia
de la estupidez de las bestias que de las nefastas luces del hombre civil,
y limitado igualmente por el instinto y por la razón a defenderse del mal
que le amenaza, la piedad natural le impide, sin ser impelido a ello por
nada, hacer daño a nadie, ni aun después de haberlo él recibido.


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