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Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (Jean Jacques Rousseau) - pág.57

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Los productos de la tierra le proveían de
todo, lo necesario; el instinto le llevó a usarlos. El hambre, otros
deseos hacíanle experimentar sucesivamente diferentes modos de existir, y
hubo uno que le invitó a perpetuar su especie; esta ciega inclinación,
desprovista de todo sentimiento del corazón, sólo engendra un acto
puramente animal; satisfecho el deseo, los dos sexos ya no se reconocían,
y el hijo mismo nada era para la madre en cuanto podía prescindir de ella.
Tal fue la condición del hombre al nacer; tal fue la vida de un
animal limitado al principio a las puras sensaciones, aprovechando apenas
los dones que le ofrecía la naturaleza, lejos de pensar en arrancarle cosa
alguna. Pero bien pronto surgieron dificultades; hubo que aprender a
vencerlas. La altura de los árboles, que le impedía coger sus frutos; la
concurrencia de los animales que intentaban arrebatárselos para
alimentarse, y la ferocidad de los que atacaban su propia vida, todo le
obligó a aplicarse a los ejercicios corporales; tuvo que hacerse ágil,
rápido en la carrera, fuerte en la lucha. Las armas naturales, que son las
ramas de los árboles y las piedras, pronto se hallaron en sus manos.
Aprendió a dominar los obstáculos de la naturaleza, a combatir en caso
necesario con los demás animales, a disputar a los hombres mismos su
subsistencia o a resarcirse de lo que era preciso ceder al más fuerte.
A medida que se extendió el género humano, los trabajos se
multiplicaron con los hombres. La diferencia de los terrenos, de los
climas, de las estaciones, pudo forzarlos a establecerla en sus maneras de
vivir. Los años estériles, los inviernos largos y crudos, los ardientes
estíos, que todo consumen, exigieron de ellos una nueva industria. En las
orillas del mar y de los ríos inventaron el sedal y el anzuelo, y se
hicieron pescadores e ictiófagos (28). En los bosques construyéronse arcos
y flechas, y fueron cazadores y guerreros. En los países fríos se


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