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Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (Jean Jacques Rousseau) - pág.54

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admitiría casi ninguna especie de relación entre ellos? Donde no hay amor,
¿de qué sirve la belleza? ¿De qué sirve el ingenio a gentes que no hablan
nunca, y la astucia a los que no tienen negocios? Oigo repetir a cada
instante que los más fuertes oprimirían a los débiles; pero explíqueseme
qué se quiere decir con la palabra opresión. Unos dominarían con
violencia, otros gemirían sometidos a su capricho. He aquí precisamente lo
que observo entre nosotros; pero no veo cómo puede decirse esto de los
hombres salvajes, a quienes difícilmente se haría comprender qué
significan servidumbre y dominación. Podrá un hombre apoderarse de los
frutos que otro ha cogido, de la caza que ha matado, de la caverna que le
servía de asilo; pero ¿cómo conseguiría nunca hacerse obedecer y cuáles
podrían ser las cadenas de la dependencia entre unos hombres que nada
poseen? Si se me arroja de un árbol, libre estoy para ir a otro; si
alguien me molesta en un sitio, ¿quién me impedirá marcharme a otra parte?
¿Hay un hombre de fuerza superior a la mía, y además bastante depravado,
bastante perezoso, bastante feroz para obligarme a proveer a su
subsistencia mientras él permanece ocioso? Pues es preciso que se resuelva
a no perderme de vista un solo instante, a tenerme cuidadosamente atado
durante su sueño por temor a que me escape o le mate; es decir, que se ve
obligado a exponerse voluntariamente a una fatiga mucho más grande que la
que quiere evitarse y que la que a mí me causa. Después de todo esto, si
su vigilancia afloja un instante, si un ruido imprevisto le hace volver la
cabeza, doy veinte pasos en el bosque, y mis cadenas quedan rotas y jamás
en su vida vuelve a verme.
Sin necesidad de prolongar inútilmente estos detalles, cada cual debe
ver que, no siendo los lazos de la servidumbre sino la dependencia mutua
de los hombres y de las necesidades recíprocas que los unen, es imposible


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