Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (Jean Jacques Rousseau) - pág.52
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celo y de abstención. Además, en muchas clases de animales, entrando la
especie entera a la vez en mutua efervescencia, sobreviene un momento
terrible de común ardor, de tumulto, desorden y combate; momento que no
existe en la especie humana, porque el amor en ella no es periódico. No
puede deducirse, por consiguiente, de los combates entre ciertos animales
por la posesión de la hembra, que lo mismo sucedería al hombre en el
estado natural; y aunque se pudiera sacar esa conclusión, así como esas
luchas no destruyen esas especies, debe pensarse cuando menos que no
serían más funestas para la nuestra; y aun parece que no causarían tantos
estragos como causan en la sociedad, sobre todo en aquellos países en que,
por respetarse todavía las costumbres, los celos de los amantes y la
venganza de los maridos son diario motivo de duelos, crímenes y peores
cosas; sociedad en que el deber de una eterna fidelidad sólo sirve para
originar adulterios y donde las mismas leyes del honor y la continencia
extienden necesariamente la corrupción y multiplican los abortos.
Concluyamos que el hombre salvaje, errante en los bosques, sin
industria, sin palabra, sin domicilio, sin guerra y sin relaciones, sin
necesidad alguna de sus semejantes, así como sin ningún deseo de
perjudicarlos, quizá hasta sin reconocer nunca a ninguno individualmente;
sujeto a pocas pasiones y bastándose a sí mismo, sólo tenía los
sentimientos y las luces propias de este estado, sólo sentía sus
verdaderas necesidades, sólo miraba aquello que le interesaba ver, y su
inteligencia no progresaba más que su vanidad. Si por casualidad hacía
algún descubrimiento, tanto menos podía comunicarlo cuanto que ni
reconocía a sus hijos. El arte perecía con el inventor. No había educación
ni progreso; las generaciones se multiplicaban inútilmente, y, partiendo
siempre cada una del mismo punto, los siglos transcurrían en la tosquedad
de las primeras edades; la especie era ya vieja, y el hombre seguía siendo
siempre niño.
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