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Las tristes (Ovidio) - pág.51

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La región niega toda especie de fruta, y Aconcio no encontraría una manzana donde escribir las palabras que dirigió a su amada. Los campos aparecen des­nudos de árboles y verdor. ¡Ay!, estos lugares no debía visitarlos ningún mortal dichoso. Siendo tan dilatada la extensión del universo, ésta es la tierra que fue escogida para mi destierro.
XI
Tú que insultas cobarde mis infortunios y sin descanso me persigues con tus cruentas acusacio­nes, sin duda naciste entre las rocas, te amamantaste con leche de fieras y alientas con un corazón de pe­dernal. ¿Hay grado mayor adonde llegue tu odio? ¿Crees que falta algo a mi desolación? Mírame en tierra extraña, en la playa inhospitalaria del Ponto, bajo la constelación de la Osa del Ménalo con su fiel Bóreas. No tengo trato ni conversación con esta gente feroz, y todos los sitios aquí infunden miedo. Como el tímido ciervo sorprendido por osos carni­ceros, o como tiembla la oveja asediada de lobos montaraces, así yo en medio de hordas belicosas tiemblo del enemigo que amenaza traspasarme el pecho. ¿Te parece poco castigo la separación de mi esposa, de mi patria y de tantas prendas queridas?
Cuando no soportase otro daño que la cólera del César, ¿es poca desgracia para mí el arrostrarla? Y, sin embargo, no falta un hombre tan perverso que encone la herida todavía sangrienta, y ejercite su elocuencia perorando contra mis extravíos. Cual­quiera logra ser elocuente en una causa fácil, y con poca fuerza se desmorona un edificio que amenaza caer. El valor estriba en allanar las fortalezas y los altos muros; hasta los cobardes pueden pisotear al caído. Ya no soy lo que fui; ¿por qué trituras mi va-na sombra?, ¿por qué acometes con las piedras mis cenizas y mi hoguera? Héctor era tal, cuando lucha­ba en las batallas; amarrado a los caballos de He­monia, ya no era el mismo
Héctor. Ten presente que no soy el que cono­ciste en otros días: de aquel sujeto no queda más que su fantasma. ¿A qué persigues feroz mi sombra con tus amargos dicterios? Cesa, te lo ruego, de ul­trajar a mis manes.


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