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Las tristes (Ovidio) - pág.50

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Apenas se me creerá, pero no teniendo interés en disfrazar la ver­dad, mi testimonio debe merecer plena confianza. Vimos el vasto Ponto cerrarse y detenerse, y que una capa de hielo oprimía sus inmóviles aguas; y no me bastó verlo, pisé su dura corteza, y mi pie no se mojó al tocar en la superficie de las ondas. Leandro, si hubieses en tu tiempo hallado así el mar, las aguas del estrecho no fueran las culpables de tu muerte. Entonces los delfines no pueden saltar al aire ar­queando sus cuerpos, porque al intentarlo el duro invierno los contiene; y aunque el Bóreas sacuda las alas con estrépito, ni una ola se alza en el golfo cau­tivo. Las naves quedan aprisionadas entre témpanos semejantes a bloques de mármol, y el remo es im­potente a romper la dureza de la superficie. Vimos a los peces sujetos y encadenados por el hielo, y mu­chos de ellos aun estaban vivos.
Cuando la fuerza cruel del violento Bóreas cris­taliza las aguas marinas o las que desborda el río impetuoso, de súbito atraviesa el íster, congelado por los recios Aquilones, el bárbaro enemigo, tan temible por sus corceles como por sus saetas dispa­radas de lejos, que devastan las extensas llanuras vecinas. Los unos huyen, y como nadie defiende los campos, entregan al saqueo las riquezas abandona­das; pobres riquezas campestres reducidas a los re­baños, los carros rechinantes y las economías del mísero labriego; los otros, conducidos prisioneros con los brazos atados a la espalda, vuelven en vano las miradas hacia sus campos y sus Lares; una buena parte cae atravesada miserablemente por los arpo­nes de las saetas, cuya ligera punta está teñida de mortal veneno: destruyen lo que no pueden coger y transportar consigo, y la llama enemiga devora las inocentes cabañas. Hasta en el reinado de la paz tiemblan con el espectro de la guerra, y la pesada reja se abstiene de romper las glebas. Aquí, o se ve o se teme al enemigo aun no visto, y el cultivo de la tierra cesa por el abandono. Aquí no se esconde el dulce racimo a la sombra de los pámpanos y las ho­jas, y el mosto no fermenta en las llenas cubas.


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