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Las tristes (Ovidio) - pág.48

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Página 48 de 126


Siempre se me ofrece delante, como un espectro real, la imagen de mi triste desti­no, el aspecto de este lugar, las costumbres de sus moradores, sus trajes y su lengua; pienso en lo que soy y lo que fui antes, y de tal modo me sugestiona el amor de la muerte, que me lamento de que la có­lera de César no haya vengado sus ofensas con la espada; mas puesto que su rigor se detuvo una vez, confío en que dulcifique mi destierro señalándome otro país.
IX
¿Quién lo creerá? Aquí existen también ciudades griegas entre estos nombres bárbaros y atroces; aquí vino una colonia procedente de Mileto, que edificó sus casas entre los Getas; pero el nombre primitivo del lugar anterior a la fundación de la ciudad, según las tradiciones, viene del asesinato de Absirto. En la nave construida por el esfuerzo de la belicosa Mi­nerva, que surcó la primera estas aguas inexplora­das, dícese que la impía Medea abordó un día a sus playas, huyendo del padre a quien abandonaba; así que lo descubre a lo lejos el centinela apostado en una eminencia, grita: «¡Que viene el enemigo; reco­nozco las velas de Coleos!» Los Minios se alarman, sueltan los cables del muelle, y el áncora obedezca las manos vigorosas que la elevan. La princesa de Colcos se golpea el pecho destrozado por los re­mordimientos con aquella mano que osó y osará cometer tantas atrocidades; y a pesar de la ingénita audacia de su ánimo, la palidez se pinta en el rostro atónito de la virgen. Luego, a la vista de la escuadra que avanza, grita: «Somos perdidos, y necesitamos detener a mi padre con cualquier estratagema.»
Mientras busca su salvación y vuelve la vista a todas partes, la fija en su hermano que se hallaba presente, y exclama: «Vencimos; éste me salvará con su muerte. En seguida clava el mortífero hierro en las entrañas del inocente, que en su ignorancia no temía tan abominable traición; lo despedaza y dispersa por el campo sus miembros, que se habrían de recoger en sitios distintos, y a fin de que sepa su padre quién es la víctima, desde la cúspide de una roca expone a su vista las manos lívidas del joven y la cabeza que chorrea sangre, para que se detenga con esta nueva aflicción y retrase el funesto viaje, ocupado en reco­ger aquellos miembros inanimados.


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