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Las tristes (Ovidio) - pág.44

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En la ausencia me defendiste con todas tus fuerzas, buen amigo; ya sabes que esta voz ocupa el lugar de tu verdadero nombre, y todavía me diste mayores pruebas de inequívoca abnegación que nunca se borrará de mi memoria. Los dioses te con­cedan medios para defender siempre a los amigos y empléalos en más favorables circunstancias. Si en el ínterin preguntas, lo que en ti hallo verosímil, qué hago perdido en estas comarcas, te diré que aliento débil esperanza; no pretendas arrebatármela, de de­senojar a una divinidad ofendida, y ya confié sin motivo, ya realice al cabo mi anhelo, quiero que me persuadas de la posibilidad de alcanzarlo, y pongas a contribución tu elocuencia demostrándome que mis votos pueden ser escuchados.
Cuanto más alta la persona, mejor se suele apla­car; las almas generosas se conmueven fácilmente. Basta al magnánimo león postrar a su víctima, y po­ne fin a la lucha así que la ha rendido; pero el lobo, el oso repulsivo y las fieras menos nobles, se encar­nizan con sus presas moribundas. ¿En quién halla­mos la fortaleza de Aquiles ante los muros de Troya?, y se declaró vencido por el llanto del viejo rey de Dardania. Con la magnificencia de su pompa funeral atestigua Poros la suprema generosidad del caudillo de Ematia. Y por no alegar ejemplos de los mortales que refrenaron sus ímpetus iracundos, hoy es el yerno de Juno el que antes fue su enemigo. En fin, no me resigno a desesperar de mi salvación, porque el origen de mi castigo no es un crimen que manasangre.
Yo no intenté políticos trastornos amenazando la cabeza de César, que es la del orbe; yo no dije nada; mi lengua no pronunció ningún ultraje ni des­lizó frases ofensivas en un momento de embriaguez; soy castigado porque mis ojos involuntariamente vieron un crimen, y mi falta se reduce a no haber estado ciego. En verdad no pretendo excusar ente­ramente mi culpa, pero su parte más punible estriba en un error; por eso abrigo la esperanza de que con­sigas aminorar mi pena, conmutándoseme el lugar del destierro, y ojalá el lucero de la mañana, precur­sor del sol resplandeciente, en su rápido corcel me traiga pronto día tan anhelado.


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