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Las tristes (Ovidio) - pág.41

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Esto nadie te lo prohibe. Una princesa de Tebas desobedeció las órdenes del rey dando se­pultura al hermano que acababa de morir. Mezcla mis restos con hojas y polvo de amono, deposítalos en tierra cerca de los muros de la ciudad, y graba en el mármol del túmulo con gruesos caracteres estos versos, que lean los ojos fugitivos del viandante: «Aquí reposo yo, el cantor de los tiernos amores, el poeta Nasón, perdido por su ingenio ¡Oh tú, pasaje­ro!, si amaste algún día, no rehuses exclamar: «En paz descansen las cenizas de Nasón.» Esto basta para epitafio, pues mis obras serán un monumento más excelso y perdurable, y abrigo la confianza, aunque perdieron a su autor, que han de asegurarme renombre y gloria inmortal. No olvides llevar los fúnebres presentes a mi tumba, y adórnala con guir­naldas humedecidas con lágrimas. Aunque el fuego haya convertido mi cuerpo en cenizas, sus tristes reliquias serán sensibles a la piadosa ofrenda. Qui­siera escribir mucho más, pero mi voz cansada y mi boca seca me privan de aliento para dictar. Recibe acaso el postrer recuerdo de mis labios y goza la salud que no tiene quien te la envía.
IV
¡Oh tú, que siempre me fuiste querido de ver­dad, y a quien conocí en los días adversos que me trajeron la ruina!, cree a un amigo aleccionado por la experiencia, vive para ti y huye lejos de los nombres ilustres; vive para ti, y en cuanto puedas evita lo deslumbrante. El rayo asolador desciende del alcá­zar celeste, pues si bien sólo los poderosos pueden ser útiles, no quiero nada del que puede causarme daño. La antena recogida burla a la deshecha tem­pestad, y la vela grande corre más peligro que la humilde. Ves cómo una leve corteza sobrenada en la superficie de las aguas, mientras el plomo de la red la sumerge en el fondo. Si yo me hubiera guiado par estos avisos que doy ahora, tal vez viviera en la ciudad que se me debe. Mientras viví contigo, mientras un soplo lejano impulsaba mi barca, bogué siempre por tranquilas ondas. El que cae en suelo llano, lo que sucede raras veces, cae de modo que se puede levantar presto de la tierra apenas tocada; mas el mísero Elpenor, arrojado de lo alto del pala­cio, apareció ante su rey como una leve sombra.


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