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Las tristes (Ovidio) - pág.39

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Pienso en Roma, en mi casa, en aquellos sitios tan deseados y en cuanto me queda en la ciudad para siempre perdida. ¡Ay de mí, que llamé tantas veces a las puertas del sepulcro y no se abrieron jamás! ¿Por qué evité el filo de tantas espadas? ¿Por qué no se­pultó mi cabeza en el abismo ninguna de las tem­pestades que tantas veces me amenazaron? ¡Oh dioses, que experimenté harto ceñudos y asociados a la cólera de otro dios!, yo os conjuro a que esti­muléis mis hados tardíos, y que cesen de permane­cer cerradas las puertas de mi sepulcro.
III
Si acaso te sorprende mi carta escrita por mano extraña, sabe que estaba enfermo, sí, enfermo, en los remotos confines de un mundo desconocido, y poco seguro de mi remedio. Figúrate cuál será la postración de mi ánimo languideciendo en una tie­rra odiosa, entre los Sármatas y los Getas; no resisto el clima, no me acostumbro a beber estas aguas, y no sé por qué tengo aversión al país. Mi casa es in­cómoda, los alimentos nocivos al estómago, y ni encuentro quien distraiga mis pesares con el trato de las Musas, ni un solo amigo que me consuele y con su conversación abrevie las cansadas horas. Langui­dezco, abatido, en los últimos pueblos del mundo habitado, y en mi abatimiento suspiro por las mil cosas que me faltan. Tú, querida esposa, vences to-dos estos recuerdos y ocupas la mejor parte de mi ser. Hablo contigo en la ausencia, mi voz te llama a ti sola, y no transcurre día ni noche sin pensar en ti. ¿Qué más? Oigo decir que en los momentos de fie­bre tu nombre suena siempre en mi boca delirante. Si mi lengua desfalleciese, y pegada al paladar no se reanimara al calor de un vino generoso, a la noticia de tu llegada recobraría el movimiento, y la esperan­za de verte me prestaría vigor. Yo estoy aquí entre la vida y la muerte, y acaso tú allá, olvidando mis tra­bajos, pasas alegres los días; pero no, carisma espo­sa, lo sé y lo afirmo: sin mí, tus horas tienen que resbalar en la tristeza.


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