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Las tristes (Ovidio) - pág.38

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Allí buscaba a mis hermanos, fuera de aquellos que su mismo padre quisiera no haber escrito, y los bus­caba en vano, cuando el guardián encargado de su custodia me ordenó salir de tan santos lugares. Me dirijo a otro templo próximo al vecino teatro, y en donde igualmente se me prohibía poner los pies; la libertad me impidió atravesar el atrio de este primer santuario abierto a mis poemas instructivos. La fa­talidad del mísero autor recae sobre la descendencia, y nosotros sus hijos estamos como él condenados a destierro. Acaso un día César, menos severo con el poeta y sus libros, se deje desarmar por la duración del castigo. Dioses y tú, César, la divinidad de más poderío (no he de dirigirme a la turba de los in­mortales), os suplicó que escuchéis mis votos. En el ínterin, puesto que se me rehusa un asilo público, me ocultaré en cualquier casa particular. Vosotras, manos plebeyas, si se os permite, acoged mis versos, abatidos por el rubor de la repulsa.
II
Estaba reservado a mis destinos visitar la Escitia y la tierra situada bajo la constelación de la hija de Licaón; vosotras, Piérides, doctas hijas de Latona, no socorristeis a vuestro sacerdote; de nada me aprovechó que en mis entretenimientos no se ocul­tara ningún crimen y que mi vida fuese aún menos reprensible que mi musa: después de afrontar gran-des peligros en mar y tierra, me veo condenado a los fríos rigurosos del Ponto. Yo, enemigo de los negocios y nacido para el sosiego tranquilo; yo, que era delicado e incapaz de soportar las fatigas, al pre-sente padezco extremados rigores, y el mar sin puerto de refugio y las penosas vicisitudes del viaje fueron impotentes para perderme. Mi ánimo sufrió penalidades sin número, y con las fuerzas que el cuerpo le prestaba pudo resistir lo que parecía inso­portable. Pero cuando me puso entre la vida y la muerte el furor de los vientos y las olas, la misma ansiedad adormecía las cuitas de mi enfermo cora­zón; después que el viaje ha terminado, y el descan­so ha puesto fin a sus peripecias, y he fijado las plantas en el lugar de mi destierro, ya sólo me con­suelan las lágrimas, que saltan de mis ojos más abundantes que el agua de las nieves en primavera.


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