Las tristes (Ovidio) - pág.34
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Entre tantos escritores, excepto yo, no conozco uno solo a quien perdiera su musa. ¿Qué me habría sucedido si hubiera escrito las representaciones obscenas de los mimos, donde siempre se desarrolla una acción criminal, y en los que alternan siempre un adúltero imprudente y una esposa infiel que se burla de su necio marido? Sin embargo, las doncellas, las ma-tronas, los esposos, los mozalbetes y gran parte de los senadores asisten a su representación, y no sólo acostumbran a corromper los oídos con voces incestuosas, pues también los ojos tienen que sufrir espectáculos de gran depravación. Cuando el amante burla al marido con alguna nueva estratagema, se le aplaude y decreta la palma en medio del mayor entusiasmo; y lo que es más pernicioso todavía, el poeta se hiera con su engendro criminal, y el pretor lo paga a alto precio. Reflexiona, Augusto, sobre el coste de tus juegos públicos, y verás que tales piezas te han salido hartó caras; que fuiste espectador de las mismas, y que las ofreciste a los demás: tanto se une en ti la majestad a la benevolencia; y que viste tranquilo en la escena tales adulterios, con esos ojos que velan por la seguridad del orbe. Si es lícito escribir mimos que rebosan la obscenidad, la materia que yo traté merece pena menor. Tal vez el escenario autoriza cualquier atrevimiento en este género de comedia, y permite decir en los mimos las más licenciosas osadías. Mis poemas se representaron muchas veces ante el pueblo por medio del baile, y en varias ocasiones pusiste en ellos los ojos.
Tampoco es un secreto que en tus palacios resplandecen, pintadas por la mano de hábiles artistas, las figuras de los héroes antiguos, y que en sitio determinado cuelgan pequeñas tablas que representan escenas de amor y retratos de Venus. Allí se aparece el rostro de Telamón ardiendo de cólera, la bárbara madre cuyos ojos publican su crimen, y la misma Venus, que seca con la mano sus húmedos cabellos, como si aun estuviese cubierta por la onda que la dio a luz. Unos cantan la guerra erizada de dardos cruentos; otros, las hazañas de tus antepasados o las tuyas.
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