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Las tristes (Ovidio) - pág.32

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Y por que no arguyas que me defiendo con armas extranjeras, en la poesía romana hallarás a granel las procacida­des.
El grave Eunio empuñó la trompa bélica en ho­nor de Marte, ingenio sobresaliente, pero rudo y sin artificio. Lucrecio explica las causas del fuego devo­rador y vaticina la destrucción de los tres elementos del mundo; pero el lascivo Catulo canta repetidas veces a su amiga, oculta bajo el seudónimo de Les-bia, y no satisfecho, divulga otros cien amoríos, confesando sin rubor tratos adúlteros. Iguales o pa­recidas licencias se permitió el liliputiense Calvo, descubriendo sus hurtos de varios modos. ¿A qué hablar de Ticidas y los versos de Menimio, que desterraron el pudor en los asuntos y en las pala­bras? Cinna es un compadre de éstos; Anser, toda­vía más procaz que Cinna, y muelles las poesías de Cornificio, lo mismo que las de Catón y las de los libros de Metelo, donde ya aparece el simulado nombre de Perila, ya el verdadero. El poeta que condujo la nave de Argos a las riberas del Fasis no supo callar sus secretos placeres, y no son más de­corosos los cantos de Hortensio o los de Servio; ¿y quién vacilará en imitar tan notables modelos? Si­senna tradujo a Arístides, sin que le perjudicase el afear sus libros históricos con torpes bufonadas. No llenó de oprobio a Galo el celebrar a Licoris, sino el haber desatado la lengua por exceso en la bebida. Tibulo se siente poco dispuesto a creer en los jura­mentos de la que engaña con las mismas protestas a su esposo; confiesa que aconsejó a las casadas bur­lar a sus guardianes, y se lamenta de sufrir él mismo las consecuencias de sus lecciones. A veces, con el pretexto de admirar el diamante o el sello de su amada, recuerda que aprovechó la ocasión para co­gerle la mano, y refiere que otras la habló con los dedos y los gestos, o trazando mudos caracteres en la redonda mesa, y las adoctrina en conocer los ju­gos que borran las manchas lívidas de la carne que lleva impresas las señales de los dientes, y por fin tiene la audacia de pedir al marido poco celoso que le permita los tratos con su mujer para que no mul­tiplique las infidelidades.


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