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Las tristes (Ovidio) - pág.31

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¿Qué vemos en Hipólito? La ciega pasión de una madrastra, y Cánace es deudora de la cele­bridad al amor que sintió por su hermano. Pelops, el de la ebúrnea espalda, en alas del amor, ¿no guió su carro, tirado por los corceles frigios, hasta Pisa? La desesperación de un amor ultrajado, ¿no impulsó a una madre a clavar el hierro en las entrañas de sus hijos? El mismo transformó de pronto en aves a un rey y su concubina, con aquella madre que todavía llora a su querido Itis. Si el hermano de Erope no concibiese una incestuosa pasión, no leeríamos que los caballos del Sol retrocedieron espantados; ni la impía Escila hubiese calzado el coturno trágico, de no impulsarla el amor a cortar Ios cabellos de su padre. Al leer a Electra y a Orestes en su loco frene­sí, lees el crimen de Egisto y de la hija de Tíndaro. ¿Qué decir del intrépido varón que domó la Quime­ra, a quien por poco mató la pérfida que le hospe­daba? ¿Qué de Hermíone y la doncella hija de Es­queneo, y la profetisa amada por el rey de Micenas? ¿Qué de Dánae y su nuera, de la madre de Baco, de Hemón y de aquella en cuyo obsequio se unieron dos noches? ¿Hablaré del yerno de Pelias, de Tesco y del Pelasgo, que arribó el primero con su nave al litoral de Ilión? Suma también a Jole, la madre de Pirro, la esposa de Hércules, el hermoso Hilas y el joven Ganimedes. El tiempo me faltará si pretendo enumerar todas las tragedias del amor, y apenas ofrecerá mi libro una escueta lista de nombres. Del mismo modo la tragedia ha descendido a obscenas bufonerías, vertiendo multitud de frases ofensivas al pudor. No perjudicó al poeta que pintó a Aquiles afeminado ultrajar en verso las empresas esforzadas del héroe. Arístides trazó el cuadro de los vicios que se reprochaban a los de Mileto, y no por eso fue expulsado de la ciudad; ni Eubio, autor de un libro nefando, que enseña a las mujeres el empleo de los abortivos; ni el autor que hace poco compuso Los Sibaritas tuvo que huir; ni se desterró a las mujeres que pregonaron sus goces voluptuosos; confundi­dos se ven sus libros con las obras monumentales de los sabios, y puestos a disposición del público por la munificencia de nuestros caudillos.


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