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Las tristes (Ovidio) - pág.30

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Página 30 de 126


Me dediqué, pues, a obri­llas de poco fuste, a poemas que cautivaran a la ju­ventud, encendiendo en mi pecho una falsa pasión. Ojalá no lo hiciera; mas el destino me arrastraba, y el ingenio me ocasionó la desgracia. ¡Ay de mi! ¿Por qué estudié? ¿Por qué mis padres me educaron? ¿Por qué mis ojos aprendieron a distinguir las le­tras? Merecí tu aborrecimiento por el libertinaje con que, en tu opinión, mi Arte mancillaba el lecho del matrimonio, y jamás las casadas aprendieron en mis lecciones a cometer infidelidades, porque nadie puede enseñar lo que apenas conoce, y compuse las delicias de mis tiernos versos sin que la menor ha­blilla ultrajase mi fama. No hay un solo marido de la ínfima plebe a quien mis erróneos consejos convir­tieran en padre dudoso. Créelo: mis costumbres son distintas de mis versos. Mi musa es juguetona; mi proceder, honrado. Gran parte de mis poemas, hijos de la ficción y la fantasía, se permiten atrevimientos que rechaza su autor.
Mi libro no es el espejo del alma, sino un ho­nesto pasatiempo que mira al fin de cautivar los oí­dos; de otro modo, Accio sería un hombre truculento; Terencio, un parásito, y amigos de re­yertas los que cantan guerras atroces. Además, no fui el único que compuso libros a los tiernos amo­res; el único, sí, castigado por haberlos compuesto. La musa del viejo lírico de Teos, ¿qué nos persuade sino alentar a Venus con repetidas copas? ¿Qué sino el amor enseña Safo a las doncellas de Lesbos? Y Safla y Anacreonte vivieron siempre sin peligro. Tampoco perjudicó al hijo de Bato haber confesado repetidas veces al lector sus íntimas satisfacciones. La intriga amorosa nunca falta en las comedias de Menandro, y son la lectura favorita de jóvenes y doncellas; la misma Ilíada, ¿es más que la historia de una torpe adúltera cuya posesión se disputan el es­poso y el amante? El poema principia con la llama que encendió Briseida y la cólera que por el rapto de esta joven estalló entre los jefes. Y La Odisea, ¿no retrata a una esposa que durante la ausencia de su marido se vio solicitada por muchos pretendientes? ¿Quién sino el cantor de Meonia cuenta la sorpresa de Venus y Marte, cogidos en el lecho del placer? ¿Por quién sino por las noticias del gran Homero sabríamos que dos diosas se enamoraron de su huésped? Vence la tragedia en gravedad a todo gé­nero de poesía, y los asuntos amorosos constituyen su fondo.


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