Las tristes (Ovidio) - pág.25
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Por los dioses a quienes ruego te concedan, y te la concederán sin duda, una larga existencia a poco que amen el nombre romano; por la patria segura y pacífica, gracias a tus desvelos paternales, de la que ayer formaba parte entre la muchedumbre, así tus constantes beneficios y claras virtudes hallen su galardón en el amor y la gratitud de la ciudad reconocida. Así Livia goce como tú largos años; Livia, la sola mujer digna de llamarse tu esposa; Livia, que de no existir, debieras renunciar al lazo del matrimonio, por ser la única de quien podías llamarte mari-do. Así vivas mil años y viva igualmente tu hijo, hasta que entrado en edad ayude a tu vejez en el desvelo de regir el Imperio, y así tus nietos, astros juveniles, sigan las huellas que les señalas tú y su padre, y ojalá la victoria, siempre ligada a la suerte de tus ejércitos, resplandezca de nuevo siguiendo sus favoritas enseñas, envuelva con sus alas protectoras al caudillo de Ausonia, y coloque la corona de laurel sobre la frente del héroe, por cuya mano diriges la guerra, por cuyo esfuerzo combates, al que favoreces con tus auspicios y ayudas con tus dioses; pues con la mitad de tu ser atiendes al gobierno de Roma y con la otra mitad sostienes en lejanas tierras una guerra sangrienta. Ojalá vuelva pronto a tu lado vencedor del enemigo y se alce triunfante sobre los corceles coronados de guirnaldas. Perdóname, te lo ruego; depón tus dardos crueles, de este mísero harto conocidos; perdona, padre de la patria, y recordando este glorioso nombre, no me quites la esperanza de verte un día aplacado. No te pido mi regreso, aunque es creíble que los potentes dioses dispensan a veces beneficios mayores que los impetrados. Si concedes a mis súplicas destierro menos duro y apartado, me sentiré libre de gran parte de mi condena. Sufro toda suerte de rigores teniendo que vivir entre pueblos hostiles; ningún desterrado se vio jamás tan lejos de su patria. Solo y relegado cerca de las siete desembocaduras del Danubio, sintiendo el influjo de la helada virgen del Parrasia, y la corriente del río apenas me separa de los Jácigas, los de Colcos, los Getas y las hordas de Meterca.
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