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Las tristes (Ovidio) - pág.24

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Cierto que no gozaba cuantiosas rentas, mas tampoco padeció la estrechez, y un caballero de la misma no llamaba la atención por ninguno de estos extremos. Pero admitiendo su modestia por el caudal y el origen, no quedó sepultada en la obscu­ridad gracias a mi ingenio, y si he abusado del mis-mo en mis escarceos juveniles, eso no me impidió conquistar un nombre célebre en todo el universo. La turba de los inteligentes conoce a Nasón y se atreve a contarle entre sus autores favoritos. Así se ha desmoronado esta casa querida de las Musas; una sola falta, bien que grave, precipitó su ruina, cayen­do de modo que pueda levantarse, si un día se tem­pla la cólera del César ofendido, cuya clemencia fue tanta en la imposición de la pena, que mi miedo la recelaba menos benigna. Me concediste la vida; tu enojo se detuvo ante la muerte, ¡oh príncipe tan moderado en valerte de tu poderío! Además, como si el concederme la vida fuese poca merced, no con­fiscaste mi patrimonio, no me condenaste por de­creto del Senado, ni se ordenó mi extrañamiento por un juez especial; pronunciando las palabras fa­tales, así ha de obrar un príncipe, tú mismo, como convenía, dejaste vengada tus ofensas. Añádase que el edicto, ciertamente riguroso y amenazador al me-nos en la forma, dulcificaba el nombre de la pena, puesto que por él era relegado, no desterrado, y la sobriedad de los términos aminoraba en parte mi infortunio. Ningún castigo más grave para el hom­bre sensato y razonable que haber incurrido en el desagrado de tan excelso varón; pero la divinidad no siempre se manifiesta implacable: el día suele resplandecer al ahuyentarse las nubes. Yo vi un ol­mo cargado de pámpanos y racimos después de he­rirlo el rayo cruel de Jove; aunque me prohibas esperar, nunca perderé la esperanza; sólo en eso puedo desobedecerte. Cuando pienso en ti, ¡oh el más dulce de los príncipes!, concibo grandes alien­tos; cuando pienso en mi fatal destino, al punto se desvanecen, y como los vientos que agitan el mar no se desencadenan con el mismo ímpetu y el mis­mo tenaz furor, sino que a ratos se calman y quedan tan silenciosos que parecen haber depuesto su co­raje, así mis temores huyen, vuelven y en incesantes alternativas ya me brindan, ya me niegan el consuelo de verte aplacado.


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