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Las tristes (Ovidio) - pág.23

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Otros te celebran en poemas dignos de ti, y entonan tus elogios con más elevado ingenio; pero si Júpiter se cautiva con la sangre derramada en una hecatombe, es igualmente sensible a la ofrenda de los menudos granos de in­cienso.
¡Ah, qué fiero, qué encarnizado contra mí el enemigo desconocido que te leyó mis frívolas poe­sías, para que no vieses con espíritu benévolo tus elogios estampados en otros libros! Si te enconas contra mí, ¿quien podrá ser mi amigo? Difícil me será no odiarme yo a mí mismo. Cuando una casa quebrantada comienza a agrietarse, todo el peso de la misma carga sobre la parte más ruinosa, el edifi­cio entero se resquebraja si los muros se hienden, y los techos se derrumban por su propio peso. Así mis poesías me han concitado el odio público, y la muchedumbre, como debía, se acomodó a imitar tu semblante. Recuerdo que aprobabas mi vida y cos­tumbres cuando pasé revista ante ti en aquel caballo que me regalaste. Enhorabuena que esto no me sir-va de nada, porque nada merece el que cumple su deber, pero al menos tampoco di lugar a censuras. Jamás malversé la hacienda de los acusados que se me confiara en los pleitos que juzgaba el tribunal de los centurriviros. Como juez intachable resolví so­bre los pleitos civiles, y la parte condenada declaró mi rectitud. Mísero de mí, si los hechos recientes no me condenasen; pude vivir seguro bajo tu protec­ción, más de una vez acreditada. Los últimos mo­mentos me perdieron; una sola tormenta sepultó en el hondo abismo mi barca, tantas veces incólume; y no me combatieron unas olas aisladas, sino que se lanzaron contra mi cabeza las del Océano entero.
¿Por qué vi lo que vi? ¿Por qué hice delincuen­tes mis ojos? ¿Por qué conocí mi culpa después de cometer la imprudencia? Acteón por descuido vio a Diana despojada de sus vestiduras, y no por ello dejó de ser la presa de sus perros. Sin duda con res­pecto a los dioses deben expiarse los crímenes for­tuitos, y el acaso que los ofende no alcanza su perdón; pues desde el día en que me ofuscó una ciega temeridad acarreé la pérdida de mi casa, mo­desta, pero sin tacha, y aunque modesta, esclarecida desde la antigüedad, tanto que a ninguna cede en nobleza.


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