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Las tristes (Ovidio) - pág.15

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Me los arrebataron cuando aun estaban en el yunque, y falta a sus páginas la postrer lima. No pido alabanzas, sino indulgencia; harto alabado me estimaré si consigo, lector, que no me desprecies. Al frente del primer libro he puesto seis versos; helos aquí, si los juzgas dignos de figu­rar en la portada: « Seas quienquiera, tú, que tomas en las manos esta obra huérfana de padre, concé­dele al menos un asilo en Roma, tu patria, y para que la favorezcas más, ten presente que no fue lan­zada a la publicidad por el autor, sino casi arrancada de sus funerales. A ser posible, hubiéranse corregi­do las imperfecciones que descubren versos tan po­co limados.»

VIII
Los ríos caudalosos retrocederán desde la de­sembocadura hacia sus fuentes; el sol volverá atrás los pasos de sus fogosos corceles; la tierra se cubrirá de estrellas; el arado abrirá surcos en el cielo, brota­rán las llamas del seno de las ondas y saltará el agua del fuego; se trastornarán, en fin, todas las leyes de la Naturaleza, y ningún cuerpo seguirá la ruta que se le trazó, se realizarán los fenómenos juzgados más imposibles y no habrá nada tan asombroso a que no prestemos crédula fe. Hago estos vaticinios después de verme burlado por quien debía constituir el apo-yo más firme de mi desgracia. Pérfido, ¿a tal punto llegó tu falta de memoria, tanto miedo sentiste de socorrer a un desdichado, que ni osabas mirarle compasivo, ni sentir su aflicción, ni acompañarle siquiera a sus funerales? ¿Te atreves a pisotear como una cosa vil el santo y venerable nombre de la amistad? ¿Tanto te costaba visitar al amigo postrado bajo el peso de la desventura y levantar su ánimo con el lenitivo de tus palabras? Y ya que no te cos­tase una lágrima su infortunio, ¿no pudiste acompa­ñarle en sus quejas, aun siendo fingido tu dolor, y darle el último adiós, lo que no niegan los extraños, y unir tu voz y tus gritos a los del pueblo, y, en fin, contemplar, pues que te era lícito, en el día supremo de la partida aquel semblante angustiado que nunca volverías a ver, y por una vez sola en el curso de la vida recibir y devolverle con voz afectuosa el pos­trer adiós? Así lo hicieron otros no obligados por los lazos de la amistad, que con las lágrimas patenti­zaron sus íntimos sentimientos.


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