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Las tristes (Ovidio) - pág.12

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No os dejéis embargar de falso miedo, temerosos de que un Dios se ofenda de vuestra compasión. Mil veces César alabó la fidelidad en los mismos adversarios; ama esta virtud en los suyos y la aprueba en los enemi­gos. Mi causa tiene mejor defensa; no fomenté contra él disensiones y merecí el destierro por inad­vertencia; así, te suplico que vivas atento a mi grave situación, por si consigues calmar un tanto la cólera de este numen.
Si alguien deseara conocer todas mis calamida­des pretendería más de lo que me es posible decir. He padecido tantos males como estrellas rutilan en el cielo, como en la árida playa se revuelven menu-dos átomos de arena; he soportado contrariedades que parecen increíbles, y aunque harto verdaderas, no encontraré quien las crea; parte de ellas debe morir conmigo, y ojalá mi silencio las sepultase en el olvido. Si tuviera una voz incansable, un pecho más duro que el bronce y añadiese cien bocas con cien lenguas, aun así el asunto agotaría mis fuerzas, antes que llegase a abarcarlo por completo. Famosos poetas, escribid sobre mis infortunios olvidando al rey de Nerito. Él anduvo errante muchos años por el breve espacio que media entre Duliquio y las ca­sas de Ilión; a mí la suerte me ha lanzado a las cos­tas de los Getas y los Sármatas, atravesando mares muy alejados del cielo que conocía; él tuvo una hueste devota de fieles compañeros, y los míos me abandonaron en el momento de partir al destierro; él, regocijado y victorioso, volvió a la patria, y yo, vencido y desterrado me alejo de la mía, y no radi­caba mi casa en Duliquio, Itaca o Samos, lugares que sin mucho sentimiento pueden abandonarse, sino, en Roma, la ciudad que desde sus siete colinas vela sobre todo el universo, la sede del Imperio y la morada de los dioses. El cuerpo de Ulises era recio y endurecido en las fatigas, mis fuerzas son débiles y mi complexión delicada; él se había hecho robusto en los trances duros de la guerra, yo me entregué siempre a estudios apacibles. Un dios me abrumó, sin que ningún otro aliviase mi desventura, y la dio­sa de los combates prestaba al rey de Itaca cons­tante ayuda.


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