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Las tristes (Ovidio) - pág.11

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V
¡Oh tú, a quien siempre recordaré como el me­jor de mis amigos, el primero que identificó su suerte con la mía, el primero, bien lo recuerdo, que viéndome consternado osó alentarme con sus per­suasiones y me aconsejó dulcemente conservar la vida cuando en mi destrozado pecho se abrigaba el ansia de la muerte, ya sabes a quién aludo en las se­ñales que indican tu nombre, y no es posible que te equivoques sobre la gratitud a que me obligan tus favores, que quedarán por siempre grabados en el fondo de mi alma, siéndote deudor perpetuo de la existencia; el hálito que me anima se perderá en el vacío del aire, y abandonaré mis despojos a la llama de la pira antes que me olvide de tu generosa con­ducta, y en tiempo alguno deje de corresponderte con mi ternura. Que los dioses te sean propicios y te concedan fortuna en todo diferente de la mía, que no necesite la asistencia de nadie. Si un viento favo­rable impulsara mi nave, tal vez quedase ignorada tu fiel abnegación. Piritoo no habría conocido la constancia de Teseo, a no descender vivo aún a las riberas infernales. Desventurado Orestes, las furias que te perseguían hicieron que Pílades se revelase como el modelo de una acendrada fidelidad. Si Eu­ríalo no hubiera caído en las manos enemigas de los Rútulos, ninguna gloria hubiera conquistado Niso, el hijo de Hírtaco; que así como el oro se prueba sometido al fuego, así en la desgracia se acrisola la amistad verdadera. Cuando la fortuna nos ayuda y sonríe con benévola faz, todos siguen al esplendor de las riquezas; pero así que truena la tormenta, to-dos huyen y desconocen al mortal poco antes ase­diado por una turba de aduladores. Esta verdad que conocí en los ejemplos de los antepasados, ahora me la confirma la experiencia de mi propia desven­tura. De tantos amigos, apenas me quedasteis dos o tres; los demás eran secuaces de la fortuna, no fieles amigos. Cuanto más reducido vuestro número, con tanto mayor ahínco debéis socorrer al desvalido y dar a su naufragio un seguro puerto.


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