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Las tristes (Ovidio) - pág.10

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Así que re­cobró el sentido y con el cabello manchado de sucio polvo levantó el cuerpo del frío pavimento, deploró su suerte y sus Penates abandonados, y llamó por su nombre cien veces al esposo que le arrebataban, gimiendo con no menos duelo que si viese en la alzada pira el cuerpo de su hija o el mío. Deseaba morir y con la muerte poner término al sufrimiento, y sólo consintió vivir para serme útil en adelante. Que viva, pues así lo dispusieron los hados; que vi­va y preste continua ayuda a su desterrado esposo.
IV
El guardián de la Osa de Erimanto se sumerge en el Océano, y con su influjo alborota las aguas marinas; nosotros, sin embargo, rompemos las olas del Jonio a la fuerza y el temor alienta nuestra auda­cia.
¡Ay, mísero, qué ráfagas tan impetuosas encres­pan el piélago y cómo hierve la arena removida en el hondo abismo! Una ola, cual montaña, asalta la proa y la encorvada popa y azota las imágenes de los dio­ses. Los costados de pino retumban; los cables sa­cudidos rechinan y la misma nave parece gemir con nuestros quebrantos. El piloto declara su terror en la palidez del rostro y déjase llevar por la nave que no acierta a dirigir, como el jinete de escaso vigor abandona las riendas impotentes a detener el potro rebelde; así veo al piloto disponer las velas, no hacia donde se dirige, sino adonde le arrebata la impetuo­sidad de las ondas, y a no enviar Eolo vientos con­trarios, pronto nos veremos arrastrados a lugares que nos están entredichos; pues dejando a la iz­quierda lejos la Iliria, nos hallamos a la vista de Ita­lia, que se nos impide pisar. Cesad, vientos, os lo suplico, de empujarme a tierras prohibidas, y obe­deced conmigo a un Dios poderoso. Mientras hablo y deseo y temo a la vez alejarme, ¡con qué violencia las ondas se estrellan en el costado de mi embarca­ción! Perdonadme, sí, perdonadme, númenes del cerúleo Ponto, ya me basta con el odio de Jove. Sal-vad de la muerte cruel a un hombre aniquilado, si quien pereció puede aun volver a la vida.


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