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Las tristes (Ovidio) - pág.9

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Con frecuencia, después de las despedidas, reanudaba de nuevo la conversación, y como si ya me alejase, di los últimos besos, reiteré los mismos mandatos y procuré engañarme contemplando las prendas queridas de mi corazón. Por fin exclamé: «¿A qué tal premura? La Escitia es adonde me des­tierran, y tengo que abandonar a Roma; una y otra justifican la demora. Vivo aún, me arrancan por siempre de los brazos de mi esposa, de mi casa y de los miembros fieles a la misma. ¡Oh dulces compa­ñeros a quienes amé con amor fraternal, oh corazo­nes unidos al mío con la fidelidad de Teseo!, os estrecharé con efusión, ya que se me permite; pues acaso no vuelva a hacerlo jamás: quiero lucrarme de la hora que se me concede.» Llega el momento, dejo sin concluir las palabras y abrazo a los seres queri­dos del alma. Mientras que hablo y lloramos, el lu­cero de la mañana, estrella funesta para mí, resplandeció en el alto firmamento. Me separo con esfuerzo como si me arrancasen los miembros y mi cuerpo se rompiese en dos partes; de tal modo se dolió Metio cuando los caballos vueltos en sentido contrario le despedazaron en castigo de su traición. Resuenan entonces los clamores y gemidos de todos los míos y se golpean los pechos con violentas ma-nos. Entonces mi esposa, arrojándose a los hom-bros del que partía, mezcló con sus lágrimas estas tristes palabras: «No puedes separarte de mí; parti­remos, ¡ah!, partiremos los dos juntos; te seguiré, y mujer de un desterrado, me desterraré igualmente. Tu camino se abre para mí, los últimos confines me recibirán y no seré pesada carga en tu nave pronta a zarpar. La cólera del César te ordena salir de la pa­tria, el amor que te profeso, sí, el amor será mi Cé­sar.» Bregaba en tal empeño que ya había manifestado antes, y apenas se dejó persuadir por la consideración de nuestro mutuo interés.
Parto al fin, si aquello no era conducirme dere­cho al sepulcro, desaliñado y con el cabello revuelto sobre el hirsuto rostro. Ella, angustiada por mi pe­na, sintió obscurecérsele la vista, y supe después que se desplomó sobre el suelo desmayada.


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