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Las tristes (Ovidio) - pág.8

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Mi hija, au-sente en la tierra lejana de Libia, no podía conocer mi suerte fatal. Adondequiera que volvieses los ojos no verías más que llantos y gemidos; todo presenta­ba el cuadro de un luctuoso funeral. Mujeres, hom­bres y niños me lloran como muerto, y no hay rincón en la casa que no se vea anegado de lágrimas. Si es lícito comparar los grandes sucesos con los pequeños accidentes, tal era el aspecto de Troya en el momento de su caída. Ya cesaban de oírse las voces de los hombres y los ladridos de los perros, y la luna regía en lo alto del cielo los nocturnos caba­llos; yo, contemplándola, y distinguiendo a su luz el Capitolio, cuya proximidad de nada aprovechó a mis Lares, exclamé: «Númenes habitadores de estas mansiones vecinas, templos que ya nunca volverán a ver mis ojos, dioses que abandono y que residís en la noble ciudad de Quirmo, recibid para siempre mi postrer salutación. Aunque embrazo tarde el escudo después de recibir la herida, no obstante libertad ni destierro del odio que me persigue, y decid al varón celestial el error de que fui víctima, no vaya a juzgar mi falta un odioso crimen. Lo que vosotros sabéis, sépalo asimismo el autor de mi castigo; porque aplacando a este dios, ya no puedo llamarme desdi­chado." Tal plegaria dirigí a los dioses; mi esposa estuvo más insistente y entrecortaba con los sollo­zos sus palabras. Postrada ante los Lares y los cabe­llos en desorden, besó con sus trémulos labios los fuegos extintos y elevó a los adversos Penates cien súplicas que no habían de reportar ningún provecho a su desventurado esposo. Ya la noche precipitando los pasos me negaba toda dilación, y la Osa de Pa­rrasio había vuelto su carro. ¿Qué hacer? El dulce amor de la patria me retenía, mas esta noche era la última de mi estancia en Roma. ¡Ah!, ¡cuántas veces viendo el apresuramiento de algún compañero le dije «¿Por qué te apresuras? Piensa en el lugar que abandonas y en aquel adonde corres precipitado.» ¡Cuántas veces, engañándome a mí mismo, señalé otra hora más favorable a mi partida! Tres veces pisé el umbral, y otras tantas volví los pasos atrás, y mis tardíos pies revelaban la indecisión del ánimo.


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