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Las tristes (Ovidio) - pág.7

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¿Ya qué hago aquí? Vientos, empujad rápidos mis velas; ¿por qué se distinguen todavía desde las playas de Ausonia? El César os lo prohibe. ¿Por qué detenéis al mísero que ha desterrado? Vean luego mis ojos la comarca del Ponto; lo dispuso y lo merecí, y estimo injusto y poco piadoso defender los delitos que él condena.
Si nunca las acciones humanas escapan a la pe­netración de los dioses, vosotros sabéis que fui cul­pable, pero no criminal; es más: si me dejé impulsar del error, debiose a la ofuscación del entendimiento, no a la maldad. Si con mi escaso prestigio sostuve siempre la casa de Augusto; si sus órdenes tuvieron para mí el valor de públicos decretos; si llamé siglo feliz al de su imperio y mi piedad quemó el incienso en honor de César y los suyos; si tales fueron mis sentimientos, dioses, dignaos perdonarme; si lo contrario, que me arrebate la ola suspendida sobre mi cabeza. ¿Es ilusión, o comienzan a desvanecerse las nubes tormentosas y se quebranta la agitación del mar que muda de aspecto? No es debido al azar; sois vosotros, a quienes condicionalmente invoqué, a quienes nadie consigue engañar, los que venís en mi auxilio.
III
Cuando se me representa la imagen de aquella tristísima noche que fue la última de mi permanen­cia en Roma, cuando de nuevo recuerdo la noche en que hube de abandonar tantas prendas queridas, aun ahora mis ojos se deshacen en raudales de llanto. Ya estaba a punto de amanecer el día en que César me ordenaba traspasar las fronteras de Ausonia; ni la disposición del espíritu ni el tiempo consentían los preparativos del viaje, y un profundo estupor parali­zaba mis energías. No me cuidé de escoger los sier­vos, los acompañantes, los vestidos y lo que necesita quien parte al destierro; estaba tan atónito como el hombre que, herido por el rayo de Jove, vive y no se da cuenta de su vida. Así que el exceso del dolor disipó las nubes que ofuscaban mi mente y comencé a recobrar los sentidos, resuelto a partir, dirijo las últimas palabras a mis inconsolables ami­gos, que de muchos sólo me acompañaba alguno que otro: mi esposa, mezclando su llanto con el mío, me sujetaba en los tiernos brazos y anegaba en ríos de lágrimas las inocentes mejillas.


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