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Las tristes (Ovidio) - pág.6

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Suponed que merezco muerte tan cruel; no soy el único pasajero de la na­ve. ¿Por qué infligir mi castigo a hombres inocen­tes? Númenes supremos, dioses que reináis en los mares azulados, cesad unos y otros en vuestras amenazas. Permitid a un desgraciado arrastrar la vida que le concedió la cólera harto clemente de César en el punto que se le asigna. Si queréis que pague la pena merecida, mi culpa no es digna de la muerte, según el propio juez. Si César me hubiese querido enviar a las riberas de la Estigia, no necesi­taba para esto vuestra ayuda: él no tiene empeño en que se vierta mi sangre; cuando quiera puede qui­tarme la vida que me perdonó. Vosotros, contra quienes no me reprocho haber cometido ningún crimen, ¡oh dioses!, aplacaos al fin con las cuitas que padezco. Mas aunque todos os esforzarais por sal-var a un desdichado, no podríais volver a la existen­cia al que yace herido de muerte. Que el mar repose en calma, que los vientos me favorezcan, que consi­ga vuestro perdón, no por eso dejaré de ser el deste­rrado. Y no es la codicia insaciable de riquezas ganadas con el tráfico de mercancías la que me im­pele a surcar los vastos mares; no voy, como en otro tiempo, a completar mis estudios en Atenas o a las ciudades de Asia y los sitios que antes visité; no navego hacia la insigne ciudad de Alejandría para asistir, ¡oh Nilo!, regocijado al espectáculo de tus fiestas. Si deseo vientos favorables, ¿quién osará creerlo?, es porque anhelan mis votos llegar a la tie­rra de Sarmacia; con ellos me atrevo a pisar las bár­baras playas del Ponto occidental, y aun me quejo de retrasar tanto la fuga de mi patria y me esfuerzo en abreviar la ruta con mis preces para visitar a los habitantes de Tomos, ciudad situada en no sé qué rincón del orbe.
Si os soy querido, calmad la rabia de las olas y que vuestra divinidad se manifieste propicia a mi viaje; si os soy odioso, dejadme llegar a la región que se me ha señalado: la mitad de mi suplicio radi­ca en la naturaleza de este país.


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