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Las tristes (Ovidio) - pág.5

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¡Qué profundos valles entre las ondas que se rompen y hienden! Creyérase que van a descubrir los abismos del Tártaro. Adondequiera que vuelvas los ojos no verás sino mar y cielo: el uno hinchado con las olas, el otro amenazador con las nubes, y entre mar y cielo se desencadenan los vientos hura­canados, y las ondas no saben a qué dueño obede­cer; porque ya el Euro se precipita impetuoso desde el purpúreo Oriente, ya sopla el blando Céfiro de la parte occidental, ya el helado Bóreas desciende del árido Septentrión, ya el Noto le sale al encuentro por la parte contraria. El piloto, indeciso, no sabe qué rumbo seguir o evitar, y su arte vacila, recelando peligros por doquier. No hay duda, aquí perecemos, es vana la esperanza de salvación; mientras hablo, un golpe de mar me inunda el semblante, me quita el aliento y recibo por la boca, que implora al cielo en vano, las espumas salobres que pretenden aho­garme. Mi fiel esposa no se conduele más que de verme desterrado; es el único de mis trabajos que conoce y llora. No sabe que me veo perdido en la inmensidad del Ponto, que soy juguete de los vien­tos y que veo próxima la muerte. Los dioses me aconsejaron bien no permitiendo que se embarcara conmigo: hubiese pasado la amargura de sufrir dos veces la muerte; mas ahora, si yo perezco, como ella no peligra, sobreviviré a lo menos en la mitad de mi ser. ¡Ay de mi!, ¡cómo se encienden las nubes en rápidas llamas!; ¡qué espantoso fragor resuena en las bóvedas celestes! Las ondas azotan los costados de mi nave, con la fuerza de la pesada balista que rom­pe las murallas. La ola que en este momento nos ataca sobrepuja a todas las anteriores; es la que sigue a la novena y precede a la undécima. No temo la muerte, sino este espantoso modo de morir; supri­mido el naufragio, la muerte sería para mí una mer­ced.
Sirve de gran consuelo al que cae por la enfer­medad o por el hierro, rendir el cuerpo exánime en la tierra donde ha vivido, esperar de sus deudos el sepulcro que se les ordenó levantar, y no servir de pasto a los peces marinos.


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