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Las tristes (Ovidio) - pág.2

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Es deber del juez pesar tanto las circunstancias del hecho como el hecho mismo; si así fueres juzgado, no temas los peligros. Los cantos son partos de un ánimo sereno, y súbitas desgracias ennegrecen mis días; los cantos reclaman el sosiego y la soledad del escritor, y yo soy juguete del mar, los vientos y las sombrías tem­pestades. El vate necesita hallarse libre de temores, y mi perdición me representa una espada que ame­naza a todas horas clavárseme en el pecho. Un críti­co benévolo admirará mi labor actual, y leerá con indulgencia mis versos desmayados.
Pon en mi lugar a Homero asediado de infortu­nios, y su ingenio sobresaliente caerá abatido por tantos males. En fin, libro mío, corre sin que te preocupe la fama, y no te sonrojes si desagradas al lector. La fortuna no se nos muestra tan propicia que hagamos caso de la gloria. En mis prósperos tiempos amaba la celebridad y me afanaba con ar­dor por conquistar alto renombre; hoy hago bas­tante si no aborrezco la poesía para mí tan funesta, porque mi destierro lo debo a los frutos de mi inge­nio. No obstante, ya que te es lícito, ve en mi lugar y contempla a Roma. Así permitiesen los dioses que yo me convirtiera en mi libro.
Mas no porque te presentes como extranjero en la gran ciudad vayas a creer que pasarás inadvertido del público; te delatará tu sombrío color, bien que no lleves título y quieras disimular que me pertene­ces; sin embargo, penetra a la callada, no sea que te perjudiquen mis anteriores poemas, que hoy no go­zan como en otros días la plenitud del favor. Si tro­piezas alguno que por haberte yo compuesto renuncia a leerte y te arroja con displicencia, dile que se fije en el título, que no eres el maestro del Amor, obra que ya pagó la merecida pena. Tal vez quieras saber sí te mando subir la colina donde se abre el palacio que habita César. Perdonadme, au­gustos lugares y dioses que presidís en ellos: de vuestra altura descendió el rayo sobre mi cabeza; reconozco la clemencia de los númenes que habitan tales mansiones, pero temo la cólera que me ha cas­tigado.


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