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Las Pónticas (Ovidio) - pág.46

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Si mi muerte hubiera de redimirse con la tuya, sacrificio que me repugna, sería la esposa de Admeto el ejem­plo que imitaras, y te transformarías en la rival de Penélope si, fiel a tus deberes, intentases engañar con honesto fraude a tus importunos pretendientes; si acompañases a la tumba los Manes de tu marido, caminarías por las huellas de Laodamia, y ante tus ojos aparecería la hija de Ifias, resuelta a entregar el cuerpo a las llamas de mi pira; mas no hay necesi­dad de la muerte, ni de la tela de la hija de Icario: basta que tus labios importunen a la hija de César, tan excelsa por su virtud, que no permite a los pasa­dos siglos disputar a los nuestros la palma de la cas­tidad. Ella reúne la hermosura de Venus a las virtudes de Juno, y es la única digna de acostarse en el tálamo de un dios. ¿Por qué tiemblas?; ¿porque te detienes en correr a su palacio? No vas a conmover con tus voces a la impía Procne, ni a la hija de Etes, ni a la nuera de Egipto, ni a la cruel esposa de Aga­menón, ni a Escila, que espanta con sus caderas las olas de Sicilia, ni a la madre de Telegón, diestra en mudar las figuras de los hombres, ni a Medusa, que lleva los cabellos entrelazados de serpientes; sino a la principal de las mujeres, a la que nos persuade que la fortuna tiene ojos, aunque sin razón la acusan de ciega. Desde el Occidente hasta la Aurora, ex­cepto César, el mundo entero no se envanece con mujer más esclarecida. Acecha el momento propicio a tus ruegos, y no salga la nave del puerto si el mar ruge alborotado. No siempre los oráculos dan las sagradas respuestas, y los mismos templos no se abren a las mismas horas. Cuando la ciudad goce el estado que supongo al presente, y ninguna aflicción entristezca las caras de sus habitantes; cuando en la casa de Augusto, que merece los honores del Capi­tolio, reinen la alegría y la paz, y ojalá reinen siem­pre, quieran entonces los dioses facilitarte el oportuno acceso, y entonces no dudes del éxito que alcanzarán tus pretensiones.


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